Crítica

El médico – Philip Stöltz

posted by Jose Luis Muñoz 15 enero, 2014 0 comments

El médico

Proceloso terreno éste, el de las adaptaciones al cine de obras literarias de mucha enjundia o éxito, como la que nos ocupa, el bestseller multimillonario, por royalties y lectores, de Noah Gordon, un escritor que no hace falta que se prodigue para vivir holgadamente de su oficio. Se suele decir que la adaptación cinematográfica es bastante peor que el libro, cosa que no siempre es cierta. Lo que el viento se llevó de Victor Fleming—aunque por allí dejaron algunas secuencias George Cukor y Sam Wood—es incluso mejor que la novela de Margaret Mitchel, autora de un solo libro; El padrino de Coppola eclipsó a la novela de Mario Puzzo; Blade Runner de Ridley Scott es tan potente como Sueñan los androides con ovejas eléctricas de Phillip K. Dick; La carretera de John Hillcoat no desmerece de la novela de Cormac McCarthy; nadie se acuerda de la novela que inspiró Sed de mal de Orson Welles, cogida al azar, según la leyenda, del quiosco de una estación de tren por el director. Además los escritores nunca suelen quedar muy contentos de las versiones cinematográficas que se hacen de sus libros—el caso de Juan Marsé, que acaba peleándose virulentamente con todos los directores, es el más llamativo—, pero este no es el caso de Noah Gordon, precisamente, al que, al parecer, le ha gustado la adaptación cinematográfica de su libro, algo ciertamente complicado y prueba de ello es que ha tardado muchos años en llegar, nada menos que veintisiete desde su publicación en 1986.

No es el cine europeo muy proclive a superproducciones. Eso se lo suele dejar al cine norteamericano. Pero de cuando en cuando se arriesga a hacerlas y los resultados, hay que decirlo, son tan satisfactorios o más que lo que nos llegan del otro lado del océano. Recuerden Ágora de Alejandro Amenábar sobre Hipatia de Alejandría, o la inquietante El perfume de Tom Tykwer, otra película alemana, y la mugrienta reconstrucción del medioevo rodada en una Barcelona digitalizada que, aun estando a años luz de la misteriosa novela que malas lenguas no atribuyen a Patrick Suskind, otra leyenda, era un muy digno producto. Pues algo de eso tiene El médico del alemán Philip StöltzBaby, Cara Norte, Goethe, El último testigo—, que retrata, en las primeras secuencias, como lo hacía El perfume, la mugre que imperaba en aquella época, el hambre que hacía que un seco mendrugo de pan fuera un tesoro a disputar, barraganas cuyos cuerpos contradicen todos los modelos estéticos,  mortandad al nivel de la penuria e incultura a mansalva en una Europa que retrocedió en el Medioevo más de cien años hundiéndose en un periodo oscuro de miseria e ignorancia. En la Inglaterra del siglo XI un barbero (Stellan Skarsgard, un actor que últimamente se prodiga y al que hemos visto en Nymphomaniac de Lars Von Trier) acepta como discípulo al desvalido huérfano Rob Cole (Tom Payne) que no tiene suficiente con sacar muelas y administrar bebedizos a sus pacientes y quiere indagar en los secretos de la medicina, y entonces, como todo el que quiere progresar, va al encuentro de esa piedra filosofal que se encuentra en una remota fortaleza de Persia, a una ciudad llamada Isfahán, gobernada por el tirano Shah Ala ad-Daula (Olivier Martínez), a aprender del maestro Ibn Sina (Ben Kingsley) todos los secretos sobre el organismo humano —sus experimentos con un cadáver le llevan a ser acusado de nigromante— y la cura de las enfermedades, y de paso se enamora de una judía española, Rebecca (Emma Rigby), que va a matrimoniar con un rico comerciante de la comunidad hebrea de la ciudad persa.

El médico es una película histórica y de aventuras que se ve bien a pesar de su larga duración, que está rodada en hermosos paisajes de Europa y Asia, resaltados con una excelente fotografía de Hagen Bogdanski, y con efectos digitales bien medidos que apenas se notan. Recuerda, por su factura clásica, a esas superproducciones que antiguamente se hacían en Hollywood en la época de Ben Hur o La caída del imperio romano, la eclosión del péplum, o al mismísimo El Cid—ese Shah Ala ad-Daula moribundo, a caballo, que se enfrenta a los selyúcidas recuerda mucho al Campeador que sale de Peñíscola en la película de Anthony Mann para ahuyentar a los moros—pero no acaba de emocionar en ninguno de sus momentos. Es una película plana, sin altibajos, al que le falta el brío que suele imprimir en sus películas  épicas Ridley Scott —1492, El reino de los cielos—, y se hace en algún momento cansina—las clases magistrales que el maestro  Ibn Sina dicta a sus discípulos en la madraza de Isfahán—. No ayuda tampoco su reparto—salvo Ben Kingsley, que siempre está bien—, sobre todo en la elección del dúo protagonista formado por Tom Payne y la británica Emma Rigby, curtida en series de televisión, entre los que no hay química posible.

¿Por qué no llamaron a Paul Verhoveen para dirigirla? me pregunto. El holandés errante seguramente habría convertido este péplum algo pesado en algo mucho más brioso y con mordiente.

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