Crítica

La por (El miedo) – Jordi Cadena

posted by Jose Luis Muñoz 25 Noviembre, 2013 0 comments

El miedo

La filmografía de Jordi Cadena es breve pero demuestra, en su variedad genérica, su versatilidad. Empezó adaptando una novela de Juan Marsé, La oscura historia de la prima Montse, que no agradó al maestro; siguió por un thriller urbano que se llamó Barcelona sur; reventó la taquilla con La señora, adaptación de una novela de Antoni Mus e hito erótico de la época; dio un vuelco a su carrera al convertir en imágenes poéticas la  novela de J.V. Foix Al dormir lo veo claro; se atrevió con una novela de Henry James en Los papeles de Aspern; y ha adaptado al cine, por dos veces consecutivas, novelas de la escritora catalana Lolita Bosch, Elisa K y la recién estrenada El miedo.

Si Elisa K se centraba en los abusos sexuales, El miedo es un alegato contra la violencia de género, una de las plagas más letales que desde hace años asola nuestro país. No hay peor infierno que un hogar dominado y aterrorizado por el páter familias cuando éste se comporta como un tirano con los suyos. El miedo es el sustento del que se nutre la película. Un miedo impalpable que nace de una violencia casi nunca explícita y que Cadena sitúa fuera de plano, para hacerla más efectiva: Manel (Igor Szpakowski) subiendo los decibelios de su MP3 para no escuchar la bronca paterna a su madre.

Un despertador suena en la penumbra y una mano la apaga; un adolescente se levanta de la cama para ir al instituto y ya sabemos, por imperceptibles detalles objetuales, por voces fuera de plano, por la violencia con que una puerta se cierra o un exabrupto, que en ese hogar reina el miedo. Por un momento el espectador cree estar asistiendo a la traslación en imágenes de un sonado caso que violencia de género que se volvió contra el maltratador, pero no, El miedo va hacia otros derroteros más habituales y no menos dramáticos, analiza la violencia en el hogar con una mirada próxima al cine de Haneke o Gus Van Sant, explora el rastro de la desolación en los rostros de quienes sufren una violencia cotidiana que los paraliza.

La realización cinematográfica es perfecta; la fotografía sabe transmitir la frialdad del entorno familiar en donde transcurre casi toda la película, el infierno doméstico del que escapan el adolescente Manel y su hermana para ir al instituto. Cadena plasma ese ambiente angustioso y claustrofóbico que reina en la casa desde el primer instante de la película, cuando la madre y los dos hijos empiezan a respirar en el momento en que el padre abandona la casa para ir a trabajar y renacen las sonrisas en sus rostros abatidos. Pero quizá esa frialdad expositiva, esa narrativa cinematográfica construida a base de silencios y miradas, además de que los personajes no estén muy definidos, y poco o nada sepamos de ellos, sea un lastre a la hora de conseguir que el espectador establezca una empatía con las víctimas de este drama. Al film de Cadena le sobran unos cuantos minutos — las secuencias se alargan de forma innecesaria — y le falla un casting que, pese a su corrección interpretativa,  adolece de un cierto aire televisivo y no consigue transmitir la angustia, el dolor y el miedo que requiere la historia, exceptuando a un Ramón Madaula perfecto en su papel de padre villano.

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