Crítica

La Venus de las pieles – Roman Polanski

posted by Jose Luis Muñoz 2 Febrero, 2014 1 Comment

La Venus de las pieles

Quien no conozca bastante a fondo la vida y milagros de Roman Polanski, judío errante y atormentado por diversos avatares de una vida nada fácil que acaba de cumplir nada menos que ochenta años y sigue manteniendo su look juvenil, quizá no pueda apreciar en su justa medida esta película de cámara que es La Venus de las pieles, que está en la tradición del teatro filmado que ha dado al cine obras tan importantes como La huella de Joseph L. Mankiewicz, con la que la última película de Polanski coincide en el cambio constante de roles de sus dos protagonistas, Julio Cesar, del propio director de Cleopatra; las adaptaciones shakesperianas de Orson Welles, Laurence Olivier, Kenneth Branagh o Franco Zeffirelli; las de los dramas de Tennesse Williams o Arthur Miller, o las del propio Polanski que, inmediatamente anterior a este film que acaba de estrenarse, adaptó la obra teatral de Yasmina Reza en Hijos de un dios salvaje tras haber filmado La muerte y la doncella del dramaturgo chileno Ariel Dorfman y acercarse al universo shakesperiano cuando enviudó de Sharon Tate con la sangrienta Macbeth.

Si algo caracteriza al cine de este realizador apátrida es su personalidad y una serie de constantes presentes en toda su filmografía que harían las delicias de un psicoanalista. El itinerario cinematográfico de Polanski empieza en Polonia, en donde rodó El cuchillo en el agua, sigue en el Reino Unido, en donde filmó Repulsión, la película que lo catapultó, y Cul-de-sac, pasa por Estados Unidos con El baile de los vampiros protagonizada por su esposa norteamericana la actriz Sharon Tate—con quien estuvo casado solamente un año y fue brutalmente masacrada por la familia Manson en un aquelarre sangriento que hacen palidecer todos los films de horror del director de Tess—, La semilla del diablo y Chinatown, etapa que termina en un exilio forzoso, porque en Estados Unidos tiene vetada la entrada y todavía colea un turbio asunto por abuso sexual de una menor que le impidió recoger en persona el óscar al mejor director por El pianista y por el que estuvo a punto de ser extraditado desde Suiza hace unos años para cumplir la pena impuesta por un tribunal norteamericano, y termina en Francia, país en donde finalmente ha recalado y en el que nació en 1933, en donde rueda casi todas sus últimas películas, cuatro de ellas con su actual musa y esposa Emmanuelle Seigner a partir del thriller Frenético. Y en todo ese viaje no se pierde la esencia de su cine, a pesar de que su filmografía es todo menos impecable (Waht?, Piratas, Oliver Twist podrían desecharse) y eso no impida tener un puñado de obras maestras (Repulsión, La semilla del diablo, Chinatown, Tess, El pianista), número suficiente para ser considerado uno de los grandes del cine.

El punto de partida de La Venus de las pieles es muy simple. Thomas (Mathieu Amalric), director teatral y autor de una obra de teatro que gira sobre la obra homónima del escritor austriaco del siglo XIX Leopold de Sacher-Masoch, inventor del masoquismo, muy por debajo, literariamente hablando, del marqués de Sade, está a punto de regresar a su casa, a cenar con su prometida, después de una frustrante sesión de audiciones en un desvencijado teatro para buscar entre las bisoñas candidatas que se han presentado al casting quien deba interpretar a Wanda, la protagonista de la obra de teatro y de la novela en que se inspira, cuando entra, por sorpresa, una mujer desaliñada, vulgar y expansiva que responde también al nombre de Wanda (Emmanuelle Seigner) y le insiste para que le haga una prueba a pesar de que su nombre no figura en la lista de la audiciones de la tarde. Thomas accede a regañadientes, adopta el papel masculino de Severine, y queda muy sorprendido cuando esa mujer desconocida, que parece conocer mucho de su vida, se mete de lleno en su personaje.

A través de Sacher-Masoch, y de esa presunta obra teatral que Thomas está montando, Polanski parece querer hacer terapia sobre sus obsesiones. Mathieu Amalric, que es lo suficientemente parecido al joven Polanski —lleva el mismo peinado, tiene su estatura y aire juvenil, y anidan en su cabeza una serie de fantasmas sexuales— y la exuberante esposa del director polaco,  que siempre aparece en sus películas enfundada en vestidos de cuero tan cortos que más la desnudan que la visten en un claro guiño al fetichismo, parecen trasladar a escena los papeles en la vida real de la pareja sentimental y cinematográfica sobre los que tanto se especula. En ese juego de intercambio de roles, víctima/verdugo, masoquista y sádico, en el que el director polaco se siente muy a gusto—Peter Coyote también era Polanski en Lunas de hiel, la adaptación cinematográfica de la novela de Pascal Bruckner que era absolutamente teatral, y establecía con Emmanuelle Seigner una relación sadomasoquista llevada hasta las últimas consecuencias —, y de sexos—en un momento determinado Mathieu Amalric se travestiza en mujer, se pinta los labios y se calza zapatos de tacón cuando se deja atar a un poste fálico por Wanda, tal como hiciera el propio Polanski en uno de sus films más inquietantes y oscuros, El quimérico inquilino, dirigido y protagonizado por él —  el realizador polaco vierte todos sus oscuros fantasmas interiores y parece estar interpretando su propia vida sobre el escenario a través de su alter ego Thomas.

Esta comedia negra, claustrofóbica como toda su filmografía—que a nadie se le olvide que Polanski fue un niño que escapó del Holocausto nazi, con una madre gaseada en Auschwitz y un padre superviviente en Mauthausen, y que presumiblemente debió permanecer escondido para salvar el pellejo—acaba, cómo no tratándose de Polanski dirigiendo a su musa Emmanuelle Seigner, con un baile sensual y exótico—que ya estaba en La novena puerta, la adaptación de la novela de Arturo Pérez Reverte, el autor vivo español más adaptado al cine, y en Lunas de hiel—que interpreta la exuberante actriz francesa envuelta en pieles y sedas como Salomé, una afirmación de la superioridad femenina frente a la masculina, un discurso feminista en el que el Polanski parece querer envolverse.

A años luz de su última obra maestra, El pianista, y también de Lunas de hiel, La Venus de las pieles está muy indicada para los que conozcan a fondo la obra del director de cine polaco y no les asuste el teatro filmado.

La puerta del teatro se abre sola en la primera secuencia y se cierra del mismo modo en la última. ¿Es todo el film una ensoñación del propio Polanski? Más bien parece un homenaje, y un regalo, a su última musa, esposa y madre de sus hijos, una Emmanuelle Seigner de mirada turbia a la que le sientan bien esos papeles y se come el escenario y al protagonista masculino, como una mantis religiosa tras la cópula.

6

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1 Comment

Elena Streda 7 Junio, 2014 at 22:35

He visto solamente el trailer, pero mis respetos a la Sra. Seigner sin duda por sus entrevistas, una mujer inteligente sencilla,clara, con mucho carácter para poder entender a Polanski más que como director reconocido de fama mundial, al ser humano.Tal vez si Sharon Tate, viviera estaria divorciada de Polanski, Seigner simplemente lo supo comprender.

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