Crítica

La vida y nada más – Antonio Méndez Esparza

posted by Marc Muñoz 30 noviembre, 2017 0 comments
Madre coraje

La vida y nada más

Mientras uno pasea absorto por el microcosmos levantado en La vida y nada más y la viveza que transpiran sus fotogramas, no queda más remedio que preguntarse por el tiempo que su director, Antonio Méndez Esparza, vivió en suelo norteamericano hasta el punto de ser capaz de capturar, en toda su complejidad, los mecanismos sociales  del ghetto estadounidense. Internet despeja la duda:  una década fue el período invertido en formación cinematográfica y en aprendizaje vital por el español en el país del dólar.

En su segunda película, tras Aquí y allá, Méndez Esparza se atreve a poner el foco dramático en la lucha diaria de una madre soltera intentado salir adelante al cargo de dos hijos, uno de ellos, el adolescente, andando en la cuerda floja criminal tras ser detenido por la polícia. Como ocurría en Moonlight (su primo-hermano más cercano en el tiempo), el filme español se ubica en las zonas marginales de Florida para extraer un retazo de las crudas realidades que ahí se perpetúan en un estado de fragilidad, desamparo y violencia constante.

Si en la obra de Barry Jenkins se accedía a un clima de violencia, desesperanza e intolerancia a través de la droga y la autocontención de una identidad homosexual en un marco de rudeza desfavorable, en la película de Esparza es la amenaza recurrente de un chico abocado a los grilletes de la calle, ante el desamparo de un padre ausente y una madre incapaz de dar respuesta efectiva a las decisiones desafortunadas de su retoño, lo que distingue el conflicto de su relato.  El mismo que cae con toda contundencia sobre esta madre intentando sacar adelante su familia bajo todo tipo de adversidades. Mientras que en Moonlight se priorizaba el lirismo y una fotografía potente cargada de estímulos sensoriales, Esparza opta por acogerse a los preceptos del cine social, ergo,  se desprende de cualquier tipo de artificio para abrazar un naturalismo puro, sin aspavientos, ni subrayados, ni panfletismo ni moralinas. Y lo más preciado es que desde esa neutralidad transparente la película extrae una verdad desarmante, una mirada nítida de una realidad enquistada en el engranaje perverso que regula los estamentos sociales de la sociedad norteamericana.

Un acercamiento objetivo y naturalista al que ayuda sin duda las portentosas interpretaciones de sus actores no profesionales, familiarizados con los alambres emocionales y las atmósferas de la película; las cenas de microondas, las visitas a los servicios sociales, las reuniones con los directores de instituto o las compras en el The Salvation Army. Y así lo han valorado en los Independent Spirit Awards, los premios más relevantes del cine indie estadounidense, con una nominación al premio John Cassavetes (películas con un presupuesto inferior a los 500.000€) y otra como mejor actriz principal para Regina Williams en el papel de esa madre coraje.

Un reconocimiento apropiado y congruente para una película que apela a emociones universales bajo una fidelidad irreprochable a la carcasa indie del cine norteamericano, por muy impensable que resulte, a priori, que esta venga diseñada por mandos españoles. Como difícil de entender en su agudez para interpretar y capturar con tal atino ese bucle de la marginalidad al que están condenados buena parte de la población aformamerciana en los Estados Unidos. La vida y nada más es una de las películas (sin distinción de nacionalidad) que con mayor grado de verismo y acierto se acerca a esa complejidad y a los conflictos y vicisitudes emocionales que se derivan sobre unos personajes que respiran “vida y nada más”.

marco 75

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