Crítica

Nymphomaniac (Volumen 1) – Lars von Trier

posted by Jose Luis Muñoz 28 Diciembre, 2013 0 comments

Nymphomaniac cartel

Que un director vanguardista, y, por lo tanto, minoritario, se vaya convirtiendo cada vez en más mayoritario  y consiga que a su alrededor se forme una base sólida de espectadores sin, en teoría, hacer ningún tipo de concesión al cine comercial, es algo que pocos directores lo consiguen. Lars Von Trier sea quizá el más aventajado de ellos. Lejos ya del dogma que impulsó, haciendo del catarismo cinematográfico su divisa – aunque en su penúltima película, la espléndida Melancolía, aún coleaba alguna secuencia dogmática -, el danés consigue concitar el interés, y el escándalo, allá adónde vaya, sea a un festival de cine, por unos comentarios poco adecuados hacia la figura de Hitler, o por lo de esta película, cuya primera parte se estrena, en la que utiliza elementos propios del cine porno (penetraciones, eyaculaciones) que no son completamente novedosos en su filmografía y ya aparecían en Los idiotas, sin ir más lejos.

Lo que caracteriza a una obra extensa y compleja, (y pretenciosa), como Nymphomaniac, de la que se estrenará una segunda parte, y más adelante una versión extendida en dvd, para que la operación comercial sea lo más redonda posible, es su polifonía. Polifónica como el preludio coral para órgano BW639 de Juan Sebastian Bach, al que se refiere uno de sus protagonistas y conductores del film, el judío Seligman (el sueco Stellan Skargärd, actor fetiche del realizador danés: Rompiendo olas y Melancolía), que se define antisionista que no antisemita en un juego dialéctico con el que Von Trier parece querer alejar las sospechas que se ciernen sobre él como simpatizante neonazi,  en su papel de confesor ortodoxo que trata de exculpar a la pecadora Joe (Charlotte Gainsbourg, otra actriz Trier: Anticristo y Melancolía). Música, literatura, ciencias naturales, psicología, zoología, morfología masculina y femenina, pesca con mosca, numerología, religión y botánica, entre otras muchas cosas, se citan en la discursiva película de Lars Von Trier que quiere ser un retrato sexual de su protagonista que arranca en la misma infancia (esos curiosos juegos acuáticos con las piernas abiertas en el cuarto de baño de su casa), en donde el endiosamiento del padre (Christian Slater) amante de la naturaleza (de ahí ese álbum de hojas secas que la hija guarda como un tesoro) contrasta con la demonización de la madre cerebral y fría (Connie Nielsen) que hace solitarios de espaldas a ella, para seguir con el mecánico desvirgamiento por un mecánico (valga la redundancia) de la joven adolescente Joe (interpretada por una actriz de porte tan espiritual como Stacy Martin, por eso del contraste y paradoja entre forma y contenido); el desenfreno sexual como deporte en ese trayecto en tren con una amiga aventajada (con la obertura de La gazza ladra de Rossini que utilizara Kubrick en La naranja mecánica cuando Alex y los drugos se iban de juerga) cuyo premio es una caja de bombones a quien más pasajeros haya follado en el trayecto; sigue con la descripción de sus encuentros con tres amantes, entre ellos K (Jamie Bell, el protagonista de Billy Elliot); la aventura con un casado pegajoso que, contraviniendo el rol habitual, deja a su esposa para irse a vivir a su apartamento; el delirio sexual como contrapunto a la muerte en un hospital; y el reencuentro con Jerôme (Shia LaBeouf), quien la desvirgó siendo mecánico y luego es ejecutivo de una empresa de tarjetas, relatos muchas veces absurdos que tienen como protagonista la misma persona, la joven Joe, pero que son compartimentos estancos independientes y tiene cada uno su propio tono narrativo.

Lo fascinante de esta primera entrega de todo lo que sabe sobre el sexo femenino Lars Von Trier, que quizá sea una versión muy masculina del asunto porque el comportamiento depredador de Joe (en un momento brillante de la película el confesor y la confesada se sirven del símil de la pesca con mosca como instrumento de caza sexual) no difiera mucho del de un adicto masculino, es su abanico genérico que puede dejar noqueado al espectador en alguno de sus momentos, cuando ese tono de comedia general, acentuado en el episodio que interpreta Mrs. H (Uma Thurman) como esposa engañada que visita a la amante de su marido con sus tres retoños, un vodevil delirante que nace del teatro del absurdo, da paso al blanco y negro de Delirio, al hilo del delirium tremens de Edgar Alan Poe y los primeros párrafos de La maldición de la casa Usher que acompañan la entrada en el hospital de la adolescente Joe para estar junto a su padre enfermo (Christian Slater), pieza sencillamente estremecedora y dolorosa dentro de la sinfonía que es la película, de la forma que lo puede ser Gritos y susurros del maestro Bergman.

No se han apagado los ecos de Shame de Steve McQueen, la obsesión sexual desde el punto de vista masculino, la adicción que no lleva al placer sino a la esclavitud, que nos llega esta cinta experimental, a veces grotesca, otras pedante, repleta de guiños al espectador, que puede que sea lo que más moleste, de Lars Von Trier que habla de lo mismo desde el punto de vista de la vagina femenina. El No siento nada, dramático, de Joe-Stacy Martin cuando está con su amante Jerôme-Shia LaBeouf me recuerda a la secuencia en la que Michael Fassbender lidia con dos prostitutas orientales de forma mecánica y hasta dolorosa sin alcanzar el orgasmo en Shame. Quizá, utilizando la transgresión, lo que esté haciendo Lars Von Trier es construir un discurso moralista sobre el sexo sin rumbo, es decir, del placer sin procreación, que conduce a la destrucción y al vacío según él.

A falta de la obra completa, esta versión reducida y autorizada por el director de la primera parte del díptico ninfomaníaco abre el apetito sobre los tres capítulos que faltan. Lars Von Trier, una especie de pavo real, despliega la cola de su talento, nos ofrece su concierto polifónico en donde casi todo tiene cabida (también en la banda sonora que va de la música clásica al heavy metal),  pero se echa en falta la intensidad dramática de Melancolía, por ejemplo, o de Bailar en la oscuridad, de la que sólo hay un destello en ese breve interludio que es Delirio, un canto al amor y a la muerte, en blanco y negro, que a mí me ha parecido lo más sobresaliente de toda la película.

¿El escándalo del porno? Un anzuelo de pesca con mosca para espectadores despistados. Nymphomaniac es todo menos erótica, no sé si por deseo de Lars Von Trier o por su incapacidad por excitar la libido del espectador. Como película porno sería un desastre (una advertencia señala, en los títulos de crédito, que ni los actores ni actrices han penetrado ni han sido penetradas, empleándose dobles de cuerpo, al estilo de aquellas películas en los que aparecía un animal maltratado y se decía que no había sufrido ningún daño) y la última en ser solicitada en un videoclub por adictos a ese tipo de cine.

Cada vez echo más de menos en el danés el talento extraordinario que desplegaba en Europa, para mí su mejor película y la más hipnótica. Puede que su endiosamiento le esté haciendo a Lars Von Trier un flaco favor, aunque consiga, eso sí, el halago de sus incondicionales. Cuando el director es más importante que la obra que realiza es que ésta empieza a fallar.

6,5

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