Crítica

Una botella en el mar de Gaza – Thierry Binisti

posted by Jose Luis Muñoz 19 septiembre, 2012 1 Comment

Una botella en el mar de Gaza

Afrontar el eterno conflicto entre judíos y palestinos, y hacerlo desde una cuidadosa equidistancia, sin ningún tipo de crispación e insuflando una dosis de esperanza, no es nada fácil. Thierry Binisti (Créteil, 1964), con dos largometrajes en su haber, Después del amor (1991) y L’Autremangeur (2002), consigue todos sus objetivos con esta coproducción francesa, canadiense e israelí,  hablada en hebreo, francés y árabe, tan sencilla como modélica, que nos habla de la relación virtual entre el palestino Naim (Mahmoud Shalaby), un joven dispuesto a progresar y cambiar su insoportable vida en Gaza cercada por un horizonte más abierto (estudia francés con el sueño de ir a París), y Tal (Agathe Bonitzer), una judía francesa de 16 años que despierta a la vida (primer cigarrillo, piercing, noche de discoteca, pérdida de la virginidad con un compañero de clase…), a la que el primer atentado suicida en un café de Tel Aviv, del que es testigo, traumatiza y le hace preguntarse por el odio ancestral que enfrenta a los dos pueblos y que gentes que no se conocen se maten entre ellos. Los mensajes cruzados entre los dos personajes, a raíz del lanzamiento al mar de Gaza de una botella con una carta en su interior, que es la anécdota que los pone en contacto; las vidas paralelas de uno y otra (emotiva la relación de Naim con su madre Intessar, médica en un hospital, interpretada por la extraordinaria actriz Hiam Abbas, que siempre anima a su hijo a progresar, aunque sea lejos de ella; más tensa la relación de Tal con su padre Dan (Jean-Philippe Ecoffey), un estudioso de la Biblia, su madre Myriam (Smadi Wolfman), que no entiende su peculiar amistad con alguien del otro lado, y su hermano homosexual Eylan (Abraham Belaga) que sirve como soldado en el Tzahal y le ofrece su versión despiadada de la guerra: (ellos o nosotros); su papel de víctimas en un conflicto, por el que no toman decidido partido (los soldados de Hamás torturan y golpean a Naim, creyéndole un espía de Israel por su tibieza ante lo que sucede a su alrededor y su afición a internet; mientras Tal vive con desolación la política del ojo por ojo y diente por diente de su agresivo pueblo, que no comparte) y esa relación de mutuo afecto y simpatía que crece a través de esos correos electrónicos que los mantienen unidos y con los que van intercambiando sus puntos de vista sobre la situación que ambos viven, constituyen la trama de esta hermosa película, conmovedora y emotiva, que trata de zanjar las diferencias irreconciliables entre dos pueblos a través de los sentimientos humanos de las individualidades.

Estos dos amantes virtuales que, en ningún momento, explicitan que se quieren (pero el novio de Tal, un compañero de estudios, se da cuenta de la existencia de otro en cuanto ésta le rechaza); no se pueden rozar porque un alto muro de hormigón los separa físicamente y sólo se ven un instante, un segundo en sus vidas, el suficiente para que el uno sueñe con el otro en un mundo mejor, forman parte del mensaje esperanzador, y también ingenuo, de esta película que va directamente al corazón del espectador pero sin enfatizar ninguno de sus momentos dramáticos.

Cine puro y sin artificios el de la película de Thierry Binisti, roselliniano, sin más épica que el sonido estremecedor del estallido de las bombas o el zumbido de los proyectiles que el ejército de Israel lanza en su operación Plomo Fundido sobre los habitantes de la franja de Gaza, confeccionado a base de humanidad y personajes creíbles y extraordinariamente bien interpretados, incluidos esos secundarios tan llenos de humanidad como Efrat (Riff Cohen), la amiga y confidente de Tal, dispuesta siempre a ayudarla, o Thomas (François Loriquet), el profesor de francés que será decisivo para que Naim emprenda un camino lleno de esperanza y futuro, pero, y ahí sigue estando el drama irresoluto de Una botella en el mar de Gaza, fuera de su tierra, lejos de los suyos, porque en Gaza, de momento, no hay esperanza.

marco 75

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