Festivales

52 Festival de Gijón: Crónica I

posted by Jose Luis Muñoz 22 noviembre, 2014 0 comments

Calvary

Comienza un festival, el de Gijón, que ya va por su edición 52, y que es muy diferente del de San Sebastián: en la otra ciudad bañada por el Cantábrico no hay grandes estrellas—o sí, porque por aquí anda Terry Gilliam que brilla por si sólo y a él le estoy eternamente agradecido por haber dirigido Brazil, una fábula futurista y pesimista en la que andaba metido Robert De Niro—pero sí hay muy buenas películas. El cineasta norteamericano y miembro de los Monty Python estaba precisamente esta tarde en Gijón para recibir el Premio de Honor del festival, se trae bajo el brazo su última película, The Zero Theorem, e impartirá una clase magistral en la escuela de Hostelería y Turismo.

Perdonen a este cronista si desbarra en algún momento de su crónica. Recorrer media España sobre cuatro ruedas después de haberse espabilado a las 6 de la mañana y cruzar una geografía brumosa, que sólo se despejó al llegar al Cantábrico, tiene el precio de un cierto espesor mental—me perdí en Gijón, ciudad que visito a menudo, y suerte de mis amigos gijoneses que acudieron literalmente al rescate y me recompensaron, además, con un potaje asturiano, fundamental para resistir la agotadora tarde—, así es que si detecta algún lapso en el texto ya sabe a qué achacarlo.

La primera película a concurso que veo es Calvary, y quizá por ser eso, la primera del certamen, me gusta más de lo debido. Tiene este film del inglés John Michael McDonagh, responsable de El irlandés,  aires fordianos más que evidentes—a veces el espectador puede ver a John Wayne con sotana en el personaje que interpreta Brendan Gleeson— y de western, de Sólo ante el peligro, y no sólo por los colts que salen a lo largo del film. El título, Calvary, calvario, le va que ni pintado a la historia, porque el cura protagonista, un personaje muy singular que abrazó los hábitos después de enviudar y tener una hermosa hija que se destroza las venas con harta frecuencia, y haber abandonado la botella, sufre un verdadero calvario y, como Jesucristo, será crucificado por el pecado que cometieron otros. El inicio de la película es impactante: alguien que ha sufrido abusos sexuales por parte de un cura amenaza en confesión al cachazudo padre James (Brendan Gleeson) con liquidarlo en el plazo de una semana por los pecados que cometieron con él sus colegas de sotana. En esos siete días el humano sacerdote convivirá con su extraviada hija; dará consuelo a un multimillonario excéntrico que se mea en sus cuadros pero ha sido abandonado por su mujer y su hija; consultará al policía del pueblo, un gay adicto a experiencias fuertes con un macarra de todo y lomo, sobre los visos de verisimilitud de la amenaza que recibe; hablará con la distante jerarquía eclesiástica; bregará con un médico cocainómano que suele apagar sus cigarrillos en hígados ajenos previamente extirpados; reprochará a un afroamericano mecánico de coches cometer adulterio, y, finalmente caerá en el alcohol y se liará a mamporros con el dueño del pub local que es budista pero maneja hábilmente el bate cuando el páter se ensaña, revolver en mano, con sus botellas. Y entre tanto críticas a la conducta desalmada de los bancos durante la crisis—el dueño del pub se lamenta del embargo de su local— y presencia de la pederastia que sacude a la iglesia católica, especialmente en Irlanda.

Se le puede achacar a Calvary un exceso de religiosidad—la redención y la culpa está detrás de todas las conductas de los habitantes de ese aislado pueblo irlandés convertido en microcosmos, y se subraya convenientemente—y lo hiperbólico de sus personajes que llegan a la caricatura—el policía y su macarra; el carnicero cornudo y su esposa infiel—, y hasta su final, pero es una película que se ve bien—y John Michael McDonagh saca partido del paisaje salvaje y algo tenebroso de la isla irlandesa en donde está rodado el film—y que funciona, sobre todo, gracias a ese gran actor que es Brendan Gleeson, el malvado templario de El reino de los cielos, que devora todos los planos y para el que ha sido realizada la película.

En la sección Rellumes—me falla el diccionario de bable y duermen ya mis amigos asturianos para despertarlos, pero no creo equivocarme si lo traduzco por relumbres, o quizá, brillantes, es decir, el equivalente a las perlas del festivas donostiarra—veo Tales, cuentos, una serie de episodios sueltos, más o menos entrelazados, que filmó la realizadora iraní Rakshan Banietemad a lo largo de cuatro años, y de forma clandestina, en la ciudad de Teherán, historias críticas todas ellas que giran alrededor de la insoportable burocracia que reina en el país, la corrupción de sus funcionarios, la falta de empleo, el maltrato femenino y la drogadicción, y que tienen como protagonistas actores tan desconocidos como en estado de gracia que bordan papeles que parecen no interpretar. Confieso que soy un adicto al cine iraní, que empatizo con sus temas locales que sus directores convierten en universales, y que me gusta más su neorrealismo de nuevo cuño que el propio neorrealismo italiano. Pocas pegas a una película que emociona en bastantes de sus momentos—el iletrado que se hace leer una carta que sospecha que es una declaración de amor del antiguo marido de su esposa y resulta otra cosa; los desgarradores afirmaciones de amor del marido maltratador reclamando a su esposa a la que ha abrasado el rostro y busca el amparo en un centro protector—y aburre, por un tempo excesivamente lento, en alguno, como en el último episodio que interpreta  un taxista ilustrado que conduce su vehículo por las calles de Teherán, porque no encuentra empleo  mejor, y su pasajera y novia que le confiesa su desamor.

No sé si les pasa a ustedes, pero a mí el nombre de Brillante Mendoza, el realizador filipino, me produce angustia infinita y temblores desde que vi Kenatay y anduve un mes sin dormir y envuelto en sudor frío cada vez que cerraba los ojos, y por esa razón estuve tenso mientras veía, dentro del ciclo que le dedica el festival de Gijón a este notable realizador oriental, Thy womb, tu vientre, por si en algún momento estallaba la sangre en la pantalla, asistía a un descuartizamiento en directo y resultaba salpicado. Decepcionado y aliviado, al mismo tiempo, porque esta película del 2012 es bella y bucólica y sumerge al espectador en la cultura de los pueblos de pescadores filipinos, musulmanes que viven en aldeas de casas sobre palafitos en medio del mar, y lo más sangriento es el parto que inicia el film y lo cierra. Thy womb, que gira alrededor de una idea mínima—una mujer busca para su marido una nueva esposa más joven para que le dé el hijo que ella no le ha podido dar—, es una película costumbrista—dentro del costumbrismo filipino están unos piratas que ametrallan en alta mar al pescador protagonista de la historia para robarle los cuatro peces que ha sacado del mar—y antropológica, a veces demasiado, que discurre de forma apacible en paisajes marinos de ensueño. Lo nuclear del film de Brillante Mendoza es el amor desprendido de la esposa estéril hacia su marido que llega hasta su propio sacrificio al quedar postergada por la nueva adquisición—y empleo esa palabra tan fea porque literalmente la compran por 180.000 papeles—más joven

Había más joyas, pero ya las vi en el pasado festival de San Sebastián, como la japonesa, y también española y francesa, Still the water, de Naome Kawase, pura poesía visual en torno a los amores de dos adolescentes en una isla del Pacífico que espero se estrene algún día en los cines de España.

Y aunque la jornada termina con una fiesta por todo lo alto en el teatro Jovellanos, en donde se ha celebrado la gala, desisto de acudir a ella porque no me he traído el smoking y estoy literalmente baldado.

Blog Widget by LinkWithin


Leave a Comment