Festivales

52 Festival de Gijón: Crónica II

posted by Jose Luis Muñoz 23 Noviembre, 2014 0 comments

Fuego Jose Coronado

La presencia española en la 52 edición del festival de Gijón la encabeza un noir español, en un año de exaltación al género con El niño y La isla mínima,  cuyo responsable es Luis Marías y que aborda un tema tan candente como espinoso: ¿pueden perdonar las víctimas de ETA a los terroristas que les causaron daños irreparables? Se ha hecho, al socaire del doloroso fenómeno terrorista que ha sufrido nuestra sociedad, una serie de películas que van desde la maestría de Días contados de Imanol Uribe a la absoluta mediocridad de Manuel Gutiérrez Aragón en Todos estamos invitados, la película con la que se despidió del cine para pasarse a la literatura. En Fuego, Carlos Martínez (Jose Coronado) es un inspector de policía que lleva muerto hace doce años cuando una bomba lapa destinada a él acaba con la vida de su mujer y deja sin piernas a su hija, y durante ese lapso de tiempo de agonía absoluta su único alimento ha sido idear la venganza que apague el fuego que lo consume por dentro. No está exenta la historia de originalidad, pero quizá sea excesiva la complejidad sentimental que establecen entre sí todos los personajes del film—Carlos Martínez, cuando se traslada a Lekeito para dar cumplida cuenta de su venganza, reanuda con la inspectora de policía Marina (Montse Mostaza) una relación sentimental que mantuvo cuando estaba casado; su hija sin piernas Alba (Aida Folch) es cuidada bajo contrato por el joven polaco Mariustz (Jorge Adalid), que se enamora de ella; la mujer del etarra, Ohiana (Leyre Berrocal), traductora al euskera de la novela que Carlos escribe sobre su infierno personal, acaba enamorándose de él sin sospechar de sus intenciones; Aritz (Gorka Zufiaurre), el hijo con síndrome de Down del etarra asesino y de Ohiana, trata a Carlos como al padre que no tiene por estar encarcelado—lo que acabe finalmente edulcorando un film negro que podría haber sido demoledor llevado a sus últimas consecuencias. Fuego es un film sobre el dolor de los padres por las carencias de sus hijos—Carlos por esa hija sin piernas; Ohiana por su hijo con minusvalía—, la dificultad que siempre entraña el duelo —Ohiana también ha perdido a su marido—y la inutilidad terapéutica de la venganza. El film de Luis Marías atesora secuencias de impacto—Alba descubriendo lo que realmente está haciendo su padre en Lekeito, por ejemplo—con otras que chirrían por culpa de unos diálogos impostados, sobre todo al principio, y excesivos subrayados musicales en las secuencias, demasiados, que pretenden pulsar la fibra sensible del espectador. Jose Coronado, como viene siendo habitual en sus últimos trabajos, está espléndido y en algunos momentos, colt incluido, parece emular al policía despiadado de No habrá paz para los malvados. Fuego es una loable película, pese a sus desajustes, que añadir a la meritoria cosecha 2014 de thrillers con sabor hispano.

En la sección oficial, aunque fuera de competición, proyectan Hombres, mujeres y niños, de Jason Reitman, el director de Juno, la primera película yanqui presentada en el festival de Gijón. Con una buena dosis de ironía, mala leche e indudable sentido del ritmo y del humor, Hombres, mujeres y niños es más que un divertimento. Centrándose en familias prototípicas de clase media norteamericana—una madre castradora que limpia a diario el ordenador de su hija, controla su Facebook y borra los mensajes que recibe su móvil; un adolescente onanista, a imagen y semejanza de su padre  que decide contratar los servicios de una scort la misma noche que su mujer tiene una cita a ciegas con un amante negro fichado en la red; un hijo adolescente enganchado a los videojuegos y que vive una realidad virtual para desespero de su padre que le gustaría verlo en el equipo de futbol de la escuela; una chica anoréxica que tiene su primera y frustrante, por su brevedad, experiencia sexual con el chico del que anda enamorada sin que exista correspondencia por parte de él; y una chearleader fotogénica y sexy, que alardea de experiencias sexuales con hombres maduros, y cuyo sueño es triunfar en el showbussines con la ayuda inestimable de su madre fotógrafa—el realizador compone un fresco de una sociedad que se comunica casi exclusivamente a golpe de sms, whatsapp o Facebook, se roza lo mínimo e imagina fantasías para salir de su mortal marasmo. Buenos actores y una voz en off de auténtico lujo para conducir esta historia coral: la de Emma Thompson.

Del genocidio armenio llevado a cabo por los turcos pocas películas se han hecho, como si fuera un tema tabú, o puede que la comunidad armenia no sea tan pujante como la judía, por ejemplo. El armenio nacionalizado canadiense Atom Egoyan es, precisamente, uno de los que ha tratado el holocausto de su pueblo en una película que está lejos de ser de sus mejores: Ararat. The cut, el corte, por el corte de degüello del que se libra milagrosamente el protagonista Nazaret (Tahar Rahim, actor secundario en Un profeta y Samba que aquí es el protagonista absoluto), es una película épica sobre las matanzas de los armenios en la primera guerra mundial dirigida por el turco alemán Fatih Akin, el director de la durísima Contra la pared, y producida por Alemania, Francia, Italia, Rusia, Canadá, Polonia y Turquía, que gira en torno a la búsqueda desesperada de las dos hijas del protagonista que desaparecen cuando éste es arrancado de su hogar por militares turcos y enviado a un campo de trabajo, una odisea en toda regla que llevará a Nazaret a la isla de Cuba y a Norteamérica. The cut es una película que, pese a su sentido épico, huye del gran espectáculo y se decanta hacia el drama intimista, con un paisaje desolado como fondo, que se erige en un personaje más del drama, por el que vaga ese hombre, un emigrante que se ha quedado sin casa, sin mujer, sin hogar y sin patria, en la nada más absoluta. El último trabajo de Fatih Akin atesora algún que otro momento emotivo de los que tocan al espectador: cuando Nazaret, en un campo de refugiados, descubre a Charlot sobre una sábana colocada como pantalla, es uno de ellos. No es redonda The Cut, en cuyas imágenes se pueden rastrear la influencia de Elia Kazan y su América, América, el cine épico de Otto Preminger o David Lean, y hasta el western de Sergio Leone, pero aun así puede llevarse algún premio de la sección oficial a la que concurre por su sentido crítico.

Entre las perlas gijonesas encuentra uno una película francesa muy emotiva, Todas nuestras fuerzas, trabajo de Nils Tavernier, hijo de ese gran realizador que es Bertrand Tavernier, y que gira en torno a una historia de superación física que une a un padre, doblemente amargado por haber tenido un hijo varón tetrapléjico y por haber sido despedido de su trabajo, y ese hijo, Julien (Fabien Héraud, segundo actor discapacitado dentro del certamen junto a Gorka Zufiaurre) cuyo sueño es participar con su padre en una competición multidisciplinar llamada Ironman que se celebra en Niza, y que pocos atletas acaban enteros (natación, bicicleta de montaña y, de postre, una maratón). A día de hoy continúa asombrándome la capacidad que tiene el cine galo para hacer de pequeñas historias grandes películas, y Todas nuestras fuerzas, interpretada por Jacques Gamblin, un actor carismático al que sin duda recuerda uno como el taxista fumador de El primer día del resto de tu vida, es un buen ejemplo de ello: emotividad a raudales, pero sin llegar al lagrimeo por el lagrimeo, en esa historia de padre e hijo que vuelven a estar unidos gracias al deporte.

Alterado ayer como estaba por el cansancio y con mi capacidad de orientación mermada, me olvidé de otros de los grandes homenajeados de este festival de Gijón, el norteamericano, aunque parezca británico, Richard Lester que dejó hace muchísimos años el cine que últimamente se notaba que no le satisfacía. Hubo un tiempo en que yo era fan incondicional del hacedor de las primeras películas de los Beatles, ¡Qué noche la de aquel día! y Help, porque me proporcionó un sinfín de carcajadas en Golfus de Roma, seguramente envejecida a día de hoy; fue causante indirecto de uno de mis primeros romances—una de las bobinas de The knack se extravió en la sala de proyección de un cine-club de los sesenta/ochenta y ese incidente dio pie a una poderosa historia sentimental—y me sorprendió con un drama muy bien armado como Petulia con mi idolatrada Julie Christie. El director de El enigma se llama Juggernaut, algún que otro Supermán y cierta versión de Los tres mosqueteros, recibió ayer un premio a su carrera, algo injusto ya que luego se torció con superproducciones en las que se notaba que andaba muy desmotivado, y se recupera para el festival una de sus obras más emotivas, Robin y Marian, es decir, Sean Connery versus Audrey Hepburn, en una película muy romántica sobre el arquero de Sherwood que sigue siendo uno de los trabajos más notables de este director harto de serlo.

Me pierdo un montón de películas, pero es que uno no puede llegar a todo, como me perdí ayer ver a Natalia Verbeke, a Leonor Watling, una de las musas de mi querido Bigas Luna, al guapo de Eduardo Noriega entregando premios con smoking, y además tropiezo, por casualidad, con el hermano cinéfilo de Luis Marías, el director de Fuego, mi amigo Fernando Marías, y el inseparable Juan Bas, con los que, más que comer, le damos vueltas a esta pasión insensata que compartimos desde que nos supimos atar los cordones de los zapatos, el cine, y hablamos por enésima vez de Grupo salvaje, película sobre la que ambos podrían escribir un libro por las veces que la han visto.

Y mientras termino esta crónica, con el portátil sobre una mesa de mármol y entre cáscaras de cacahuetes y una caña de cerveza amarga, Gonzalo Suárez, que pasa por la calle y me ve a través de los cristales del bar Bariloche en el que me recompongo, levanta la mano, seguramente tomándome por otro, y cruza cuando el semáforo vira al verde sin que me dé tiempo a decirle lo mucho que echo en falta sus películas de la Escuela de Barcelona, su brutal Parranda y la exquisita Remando al viento. Quizá se vaya a boxear con Rocabruno, o con su sombra.

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