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52 Festival de Gijón: Crónica III

posted by Jose Luis Muñoz 24 noviembre, 2014 0 comments

White bird in a blizzard

Xenia, de Panos H. Koutras, es una película griega, aunque tenga producción francesa, un melodrama familiar que tiene como protagonistas a dos hermanos albaneses, Dany (Kostas Nikouli), un estrafalario adolescente gay que luce un largo mechón rubio, se prostituye ocasionalmente, viaja con Dido, un conejo blanco, metido en su bolsa de viaje, chupa piruletas sin cesar y adora a la cantante Patty Pravo, y Odysseas (Nikos Gelia), que malvive como camarero y tiene dotes para cantar; la muerte de su madre Jenny, una cantante de pasado oscuro, los une y los hace emprender un viaje a la búsqueda de su padre biológico, Lefteris (Yanis Stankoglou), que los abandonó cuando Dany tenía dos años y en el presente es un boyante empresario que milita con los neonazis de Amanecer Dorado; si consiguen demostrar que son hijos de él podrán acceder a la nacionalidad griega. Xenia, el nombre de un hotel abandonado en el que pernoctan durante unos días los dos hermanos en su especial odisea en busca de papá, es una road movie sentimental y emocional que une a esos dos hermanos que han vivido separados la mayor parte del tiempo y tiene como paisaje de fondo una Grecia devastada por la crisis en donde campa el odio racial de los fascistas. Le sobra bastante metraje a la película, que se resiente de sus casi dos horas de duración, y más de una escena—las que protagonizan Dany y el conejo de peluche rozan la vergüenza ajena; la audición de Odysseas que tiene abierto el móvil para que Dany y el odioso padre biológico lo escuchen cantando le va a la zaga; y una secuencia nocturna de los dos hermanos deslizándose por un río parece cogida de la magistral La noche del cazador de Charles Laughton: homenaje se llama a eso en cine—; además el guion no está bien resuelto y en él todo cabe—la pistola que tiene Dany nadie sabe cómo aparece en sus manos; el reencuentro de Dany y Odysseas con Tasos Peris (Aggelos Papadimitriou), una loca que les hizo de padre y regenta un music-hall;  el histriónico enfrentamiento padre/hijos en presencia de su esposa que se adentra en el terreno de lo ridículo—. La película termina con una aparición de Patty Pravo, a la que se nombra en innumerables ocasiones,  en un brevísimo cameo. Xenia es una Odisea gay y kitch con aires de culebrón que podría pasar por una mala película de Pedro Almodóvar.

White Bird in a Blizzard de Gregg Araki, basada en una novela homónima de Laura Kasischke, es de esas películas cuya historia atrapa desde las primeras imágenes. La película norteamericana, que va a competición, es un melodrama que gira en torno a un grupo familiar formado por Eve (Eva Green), puntillosa ama de casa hasta que se cansa de serlo, casada con el mediocre Brock (Christopher Meloni), que ya hace tiempo dejó de interesarle, que un buen día desaparece sin dejar rastro, pero su hija adolescente Katrina Connor (Shailene Woodley), Kat, recibe, a modo de inputs, avisos oníricos sobre su madre desaparecida. White Bird in a Blizzard tiene el mérito de hacer un quiebro en su parte final, sin que se desarbole la arquitectura de su guion, para transitar desde el melodrama sobre un fracaso matrimonial, que es también el del american way of life, al género negro que se impone en sus últimas secuencias. Al contarse la historia desde el punto de vista de la adolescente Kat, Gregg Araki despliega los elementos ya clásicos del cine de adolescentes—las fiestas de instituto; la conversaciones sobre chicos con el reducido grupo formado por la chica negra obesa y el muchacho gay; la pérdida de la virginidad—, dibuja con precisión el despertar sexual de esa chica—se deja desvirgar por Philips, El Basura, chaval al que menosprecia,  estudiante mediocre que acaba trabajando en un almacén mientras ella va a Berkeley, aunque ella es quien toma la iniciativa; seduce al maduro policía que investiga la desaparición de su madre para alardear de su hazaña ante sus amigos incondicionales y mantiene con él una relación intermitente—y en algún momento considera a su bella, elegante y sofisticada madre como rival, como una Mr. Robinson de El graduado—y no creo equivocarme si digo que Araki tiene en la cabeza la película de Mike Nichols cuando Eva Green desciende las escaleras del sótano ceñida, con minifalda y baila para captar la atención de Philips, el acompañante de su hija—. El cuadro se completa con ilustrativos flashbacks de la pareja Eve/Block cuando se casaron y eran medianamente felices, y de la infancia de Kat, una niña gordita, y su relación con su madre. Además de algún impactante golpe de efecto que funciona maravillosamente bien—la secuencia del congelador, por ejemplo—, el film cuenta con buenas interpretaciones Christopher Meloni y Shailene Woodley, padre e hija, y muy especialmente de Eva Green como madre alcohólica, frustrada y hastiada de su vida, papel que borda. Si yo formara parte del jurado tendría posibilidades el film del japonés americano Gregg Araki (Nowhere, Mysterious Skin, Kaboom) de salir con algún premio en el bolsillo.

Bill Plympton, que está en el festival e impartirá una clase magistral, es uno de los grandes de la animación norteamericana y presenta en primicia mundial el corto de 4 minutos Footprints, una anécdota muy simple sobre un tipo que sigue unas pisadas, y el largometraje Cheatin. Habló, durante el coloquio que siguió a sus proyecciones, de lo difícil que se sobrevive siendo un artesano del dibujo, porque detesta la animación por ordenador, y tratando temas adultos en sus películas, porque se suele asociar dibujo animado con público infantil. Cheatin no tiene un guion aceptable—Bill Plympton pide disculpas por ser un guionista mediocre—, así es que sus personajes no dicen una palabra aunque sí gimen, gritan y ríen, y construye un universo fascinante con sus figuras masculinas y femeninas fuertemente sexualizadas, y con el sexo y la violencia como eje central de la historia. El historietista utiliza un dibujo original muy expresivo e imaginativo, que literalmente vibra en todas y cada una de las secuencias, en las antípodas de Isao Takahata y cercano a Robert Crumb, y construye su película con elementos puramente cinematográficos: primeros planos, planos y contraplanos, planos cenitales y otros de abajo a arriba que producen distorsiones, travellings. En su imaginario las mujeres son sofisticadas, lucen faldas de vuelo, y los hombres, machos depredadores y violentos que se sirven de su fuerza bruta.

No Land's Song

Cada vez cobra más importancia el documental en los festivales; pasó en el de San Sebastián, y el de Gijón no quiere ser menos. A la sección oficial concurre un documental iraní No Land’s Song, coproducido por Alemania y Francia y dirigido por Ayat Najafi, que es un trabajo tan digno como emotivo que habla, a través de un concierto femenino, de la frustrante situación cultural y política del país a pesar de los últimos  cambios que han supuesto una tímida apertura, no suficiente para que la película se vea allí precisamente. Desde que se instauró el régimen teocrático de los ayatolás las voces femeninas han sido proscritas de Irán porque, según explica un erudito religioso a cámara, las voces femeninas pueden excitar a los hombres. No Land’s Song habla del denodado proyecto de una emprendedora mujer iraní por organizar un concierto exclusivamente femenino en Teherán e invitar a él a unas cantantes francesas y a otra tunecina que se hizo famosa durante las revueltas de la primavera árabe de su país, una lucha titánica contra la burocracia y las cortapisas de todo tipo que le pone el régimen para que ese concierto no se celebre. Ayat Najafi aplica técnicas narrativas a su documental, dando la palabra a sus principales actores que actúan como personajes, e introduce tensión dramática en sus imágenes. Ya sabemos, por experiencia propia, la poca gracia que hace a los regímenes autoritarios, sean teocráticos como Irán, o semilaicos como la España de Franco, la música y sus trovadores, así es que lo que cuenta el realizador iraní nos va a resultar muy familiar. Un excelente trabajo el de Ayat Nafaji que dignifica, si cabe, el mundo del documental y convierte a su película en posible candidata al premio en su terreno.

No es buena hora las 22:15 para ver mi primera película georgiana de mi vida, y del festival, Blind Dates de Levan Koguashvili, y máxime con el estómago vacío, pero tampoco me generan hambre de nada sus imágenes grises, sí frío. Un entrenador de un  equipo femenino de fútbol y un profesor llevan una vida de lo más aburrida en Tiflis; los fines de semana desembarcan en un autobús un par de chicas, una ciega, que llevan a un hotel y ni ellos mismos saben para qué; el profesor, que vive con unos padres bastante insoportables que siempre le reprochan que tenga 40 años y no se haya casado, tiene un lío con una peluquera cuyo marido está en la cárcel; el marido, que acaba de ser liberado, recibe una soberana paliza cuando quiere sacar dinero a los familiares de uno de sus compañeros de celda para pagar una deuda porque estos desconfían de él; la chica que ha dejado embarazada, no se sabe bien cómo, ese recluso liberado que vuelve a la cárcel tras la pelea es acogida en casa por el indolente profesor que asume la paternidad del hijo que lleva; y todo ello en una ciudad con casas de fachadas desconchadas, cielo grisáceo, viviendas de un espartano helador y escasez de sonrisas entre los personajes de la película, ni cuando se emborrachan. Con existencias así, y semejantes paisajes urbanos, comprende uno que los georgianos se tiren al vodka, o directamente al mar para coger una neumonía. Una película expresamente plúmbea con personajes que no parecen tener sangre en las venas. Aburrimiento abismal que va muy bien para volar de la butaca del cine directamente a la cama, si llego.

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