Festivales

52 Festival de Gijón: Crónica IV

posted by Jose Luis Muñoz 25 Noviembre, 2014 0 comments

mil noches una boda party girl

Llovizna, hace viento y refresca en un día, el cuarto, en el que va a predominar, salvo un par de excepciones, ficciones cinematográficas que parecen documentales abordados con, en varios casos, escasa fortuna.

La primera película francesa a competición, que va creciendo a medida que avanza y cobra todo su sentido en su escena final, la veo a las 9:30. Hablo de los 97 minutos de Mil noche, una boda (Party Girl) que pueden transcurrir con cierta morosidad y es posible que no encuentren un espectador muy motivado hasta pasado cierto tiempo. Sus personajes son muy reales, y quizá no empaticemos con muchos de ellos. Yo, al menos. La protagonista es una antigua chica de alterne de cabaret y bailarina que cumple setenta años y recibe la proposición de matrimonio de un cliente que la frecuenta desde hace dos años. Él tampoco es un recién llegado a la vida: se ha jubilado de la mina y está solo. El mundo de Angélique Litzenburger, la protagonista, es el cabaret  en donde pasa las noches, bebe más de la cuenta, a veces se muestra desagradable y agresiva, se siente a cobijo entre sus amigas de trabajo y oculta sus cicatrices bajo las luces rojas del último garito en el que trabaja. No hay glamur en la historia porque Angélique, su novio Michel Henrich (Joseph Bour), que habla en alemán cuando se enfada (la película está rodada en Alsacia), y los hijos de ella, Mario, Samuel, Sévereine y Cynthia, esta última adoptada por otra familia tras perder la custodia su madre biológica, carecen ostensiblemente de él: ellas visten de forma espantosa y llevan unas mechas infames. Pero Angélique decide casarse con ese buen hombre, que la quiere, a pesar de no estar muy convencida de ello y tener miedo ante una situación que presumiblemente amarrará a una mujer libérrima. Party Girl es un documental. Party Girl es una película de género negro porque su protagonista principal no puede escapar a su pasado, está atrapada por su mundo. Un film próximo al cine de Ken Loach y Mike Leight que habla del pueblo llano normal y corriente que no suele ser el objetivo de las películas convencionales. Nada extraordinario ni aparentemente interesante. Cinema verité, del de verdad, puesto que Angélique Litzenburger interpreta a Angélique Litzenburger, y sus hijos son sus hijos en la vida real. Realidad con mimbres de ficción que atrapan tres realizadores, Marie Amachoukeli, Claire Burger y Samuel Theis, familiares y amigos de los protagonistas.  Algo que en España cuenta con el antecedente de Carmina o revienta, pero en nuestro caso no es ausencia de glamur sino vulgaridad infinita. Y ese ejercicio de voyeurismo ante una cámara invisible, en el que cada personaje se interpreta a sí mismo en la pantalla, se transforma en película mediante un montaje de imágenes que deviene narración fílmica. No diré que he disfrutado de Party Girl, porque no está bien iluminada, la cámara tiembla, no hay aparentemente dirección de actores, ni planos/contraplanos, picados, cenitales, flous, movimientos de cámara, todas esa artificiosidad que embellece las historias que se nos cuentan, sino imágenes desnudas. No hay belleza en Party Girl sino cierto feísmo; es la vida de una gente que quizá nos interese por su humanidad y porque la conocemos a través de las imágenes de la película. Ríen, lloran y tienen conflictos. ¿Cinema dogma a la francesa?

Debe de existir una especie de hermanamiento secreto de la ciudad de Gijón con Georgia. Mi segunda experiencia georgiana en el festival supera a la primera de la noche anterior que me sumió en el sopor más absoluto. I’m Beso sigue las andanzas de dos chavales no muy estudiosos que están más tiempo haraganeando por el campo que en clase, la difícil relación de uno de ellos con un padre enloquecido que siempre le está gritando y un hermano cuyo sueño es salir del país para vivir su pasión por el baile y sus apetencias homosexuales, sus luchas a puñetazos con dos chavales pendencieros en las que media un primo mayor con aspecto mafioso, y nada más. Y todo, claro está, con el telón de fondo del paisaje urbano devastado de una ciudad de Georgia que parece sacada de un terremoto. Soy de la opinión de que el cine debe captar en algún momento la atención del espectador, seducirle para mantenerlo 90 minutos o más pegado a su butaca. La película de Lasha Tskvitinidze no es de esa clase.

Ante un plato de exquisitas lentejas, que prepara mi anfitriona Meli para que pueda seguir aguantando este ritmo frenético de proyecciones, surgen conversaciones cinéfilas con Frank, hermano de la cocinera, enciclopedia cinematográfica y martillo de directores que no deja títere con cabeza. Por suerte para ellos, no se enteran. Así es que repasamos lo que uno y otro hemos visto de este festival, lo que más nos gusta, y hay contadas coincidencias pues en esto del cine los gustos personales y las manías son el todo. En lo que sí estamos de acuerdo es en la escasa presencia de cine hispanoparlante.

The Zero Theorem

Terry Gilliam estuvo presentando por la tarde en el teatro Jovellanos su última película El teorema cero, que data de 2013 y acaba de encontrar distribución en España gracias a estar en el Festival de Gijón. El miembro más activo de los Monty Python apareció con sandalias y bajo un paraguas en el escenario para someterse a las preguntas tras la proyección de un film que ha rodado gracias al entusiasmo de Christopher Waltz, su protagonista absoluto. Vista la película da la sensación de que Terry Gilliam vuelve a sus orígenes, al de Brasil, de la que El teorema cero es una nueva versión con pocas cosas que añadir. Confieso que me he aburrido de forma soberana en los primeros minutos de la proyección, algo cansado de su rebuscado diseño de producción, al que no quito mérito, y de la arquitectura del propio escenario en el que transcurre casi toda la claustrofóbica película, una iglesia gótica cruzada con la cibernética en la que una cámara, incrustada en una escultura de Cristo crucificado en uno de los altares, espía día y noche a Qohem Leth (Christopher Waltz con el cráneo rasurado), el programador informático designado por Dirección (Matt Damon) para que descifre el teorema cero: que 100% es cero. Es más interesante el debate que provoca la película de Terry Gilliam, la distopía de una sociedad 1984 dominada por la tecnología que controla y observa todo, que el film en sí, lento, retorcido y confuso. El director de El rey pescador se declara pesimista a ultranza e imagina una vez más un futuro distópico. Soportamos el tránsito por la vida con felicidad virtual, que en El teorema cero se circunscribe a ese programa en el que Qohem Leth entra cada noche para vivir una realidad utópica en una falsa playa, con un falso mar, un falso cielo en el que el sol nunca se pone y una falsa mujer hermosa y sexual que interpreta la carnal actriz francesa Melanie Thierry; lo soportamos en nuestras vidas con buena comida, buena bebida, buen sexo y con todas las expresiones artísticas, literatura, cine, música y bellas artes, en las que el hombre se refugia para poder seguir viviendo y no tirar la toalla antes de que sea la naturaleza la que nos retire.

Hope, una película coreana de Lee Joon-ik, tiene todos los números para ser uno de esos sanguinarios films de venganzas familiares con profusión de escenas gore a la que es tan dada  la cinematografía de ese país oriental. El inicio del film, con una brutal violación de una niña de 8 años por parte de un borracho delincuente sexual, hace temer un desarrollo de lo más sangriento. Pues me equivoco. El director hace derivar la película hacia el melodrama familiar y se centra en la lucha de los padres de la infortunada niña, que sufre daños irreparables a causa de la violación, por darle una vida digna y paliar el trauma sufrido. El film es una cursilería absoluta, rezuma melaza en todas sus escenas, subrayadas con música pegajosa, y los actores lloran a mares ante cámara. Ver al padre disfrazarse de Kokomog, un dibujo animado japonés muy popular entre los niños de Corea, para que su hija supere el trauma, podría indicar que es un film infantil, y lo sería si obviamos esa brutal secuencia del inicio, elíptica, pero que pesa.

Una de las razones de mi presencia en el festival es, lo confieso, la retrospectiva de Brillante Mendoza. El prestigio del más universal de los realizadores filipinos le viene del documentalismo. De hecho Mendoza ha seguido haciendo documentales, hasta cuando ha incursionado en la ficción, y por esa razón Kinatay, un falso documental, resulta espeluznante, porque lo que el espectador ve, oye o intuye fuera de plano puede haber pasado así o estar pasando. Foster Child data de 2007. 98 minutos de documental en el que el espectador va entrando lentamente hasta comprender todo su dramático sentido en los últimos momentos. La película empieza con un plano fijo de los rascacielos de Manila y un cielo turbio; la cámara, cuando desaparecen los títulos de crédito, desciende, los rascacielos desaparecen y son sustituidos por un gigantesco barrio de chabolas, y por sus callejones infectos deambula el realizador filipino mordiendo bocados de realidad. En ese barrio infame se hacinan miles de personas, junto a albañales a cielo abierto, casuchas con paredes de cartón y techo de hojalata, ausencia de las más mínimas condiciones de higiene: viven bastante peor que las mascotas de nuestro primer mundo. De todo ese caos vital, entre esa cacofonía de conversaciones entrecruzadas, Brillante Mendoza fija su objetivo en Thelma, un ama de casa luchadora que trata que los suyos sobrevivan en ese entorno miserable con la mayor dignidad posible. Thelma cuida con esmero y cariño a John-John, un niño de poco más de tres años que sufre asma. La magia de Foster Child reside en la sencillez de la exposición, en la naturalidad con que Brillante Mendoza recoge sus imágenes, aparentemente sin filtro alguno. Pero cada espectador saca de la neutralidad del realizador sus propias conclusiones. Además del sueldo, que le sirve para cuidar a sus hijos biológicos, Thelma recibe, cuando entra en el ascensor del hotel tras haber dormido en sus brazos a John-John, una propina del norteamericano padre adoptivo que regresa luego a su suite. Esta escena inocua puede pasar inadvertida, pero está cargada de significado: el dinero no palía el dolor de Thelma por la pérdida del hijo que ha criado, y de los otros muchos que seguirá criando amorosamente y de los que tendrá que desprenderse cuando lo adopte un occidental. El dinero de Occidente lo compra todo en el Tercer Mundo: materias primas, prostitutas con que solazarse, niños que se adoptan. Perro mundo.

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