Festivales

52 Festival de Gijón: Crónica IX

posted by Jose Luis Muñoz 30 noviembre, 2014 0 comments

Halfway

Del cine flamenco nos están llegando  últimamente muy buenas propuestas: El veredicto de Jan Verheyen, una de ellas, o La entrega, que, pese a su factura norteamericana, la ha dirigido el belga Michael R. Roskam con maestría absoluta dentro del canon. El cine de fantasmas, mayoritariamente hablando, y sobre todo si habitan casas encantadas, es en casi todos los casos patrimonio del cine norteamericano y se adscribe al subgénero de terrores sobrenaturales. Halfway, dirigida Geoffrey Enthoven, es belga, es cine de fantasmas y es una comedia. Un tipo desastroso al que lo han despedido del trabajo y al que su mujer le ha pedido el divorcio, se traslada a una mansión gigantesca sin saber que ya tiene un inquilino que se resiste a marchar de ella: su antiguo propietario electrocutado en la bañera. El fantasma se aparecerá un montón de veces, hará la vida imposible al nuevo dueño, que se replanteará su equilibrio mental hasta que opta por aceptarlo y entabla con él una amistad que está a punto de darse al traste cuando conoce el inquilino de carne y hueso a la hija del finado. Película de bajísimo voltaje, fuera de concurso pero en la sección oficial, que como comedia no consigue arrancar ni una triste risa al que esto escribe y que cuando quiere tener una cierta trascendencia, en su disparatado tramo final con encuentro padre/hija, empeora si ello es posible con incitación al nervio lacrimal.

Esto se acaba, pero aún el certamen puede darme alguna agradable sorpresa, y ésta viene del cine alemán, de la mano de Jack, dirigida por Edward Berger, que desatiende el consejo de Alfred Hitchcock de no rodar jamás con niños, animales y con Charles Laughton. En Jack, que se proyecta en la sección Perlas del festival, sus protagonistas, Jack y Manuel, son dos niños de diez y seis años respectivamente, y todo gira en torno a la infancia desvalida que debe madurar y tomar responsabilidades porque la madre que los engendró ha abdicado por completo de su rol. La película se abre con una secuencia esclarecedora: Jack (Ivo Pietzcker), despierta a su hermanito Manuel (Georg Arms), le prepara el desayuno, lo viste y lo lleva consigo al colegio; ni rastro de un adulto en ese piso. En otra secuencia significativa Jack irrumpe en el dormitorio de su joven madre Sanna (Luise Heyen) e interrumpe su coito con uno de sus ocasionales amantes para pedirle un bocadillo: una forma de reclamar su atención. Sanna, la madre no ha madurado ni madurará; amante de la juerga, lo suyo no son las responsabilidades maternas con sus hijos, a pesar de que cuando está con ellos derrocha cariño; por el contrario Jack, su hijo, asume el rol de adulto, de cabeza de familia en ese grupo disfuncional. Y a pesar de ello los dos niños adoran a Sanna, para ellos no hay mejor madre que ella que  no se preocupa en absoluto de ellos y es un desastre en todos los sentidos. No es un tema nuevo en el cine, pero nunca se había tratado con niños de tan corta edad que respondan tan bien delante de la cámara. Cada vez hay más desvalimiento entre esos dos hermanos absolutamente huérfanos que, en las últimas secuencias de la película, vagabundean por las calles de Berlín, duermen en donde pueden y comen lo que sustraen en los bares, porque simplemente su madre se olvidó de ellos y ni siquiera les dejó al alcance de la mano las llaves para abrir la puerta de su casa. Narrada desde el punto de vista de Jack, con la cámara a la altura de sus ojos, en la película de Edward Berger hay adultos que se comportan como niños y niños que no tienen otra opción de comportarse como adultos. Una muy buena película con dos muy buenos actores que no llegan al metro cincuenta, señor Hitchcock.

Court, de Chaitanya Tamhane, figura en la sección Perlas, algo que no termino de comprender. La perla hindú es simple y llanamente un peñazo de película, rodado con cámara fija, que sigue un incomprensible proceso contra un músico popular hindú tachado, no se sabe por qué, como sospechoso de haber incitado a quitarse la vida a un limpiador de cloacas porque, según el ministerio fiscal, alienta al suicidio en sus canciones. Cine judicial a lo hindú, absolutamente carente de interés y que termina de forma abrupta.  ¿Se ha cansado el director de su propia película? ¿Le ha abandonado el equipo harto de aburrimiento? ¿Ha consumido todo el presupuesto, muy escaso, hay que decirlo, y ya no hay para malgastar más metros de celuloide? Nunca lo sabremos.

Termino mi ciclo Brillante Mendoza, y con él mi recorrido cinematográfico fascinante por Filipinas, y termino casi el festival de cine de Gijón, con Serbis, servicio en tagalo, su película más tosca formalmente hablando, rodada casi exclusivamente en un único espacio físico, el cine Family de Manila, que, pese a su nombre, se dedica a proyectar porno y acoge en la oscuridad de su sala a todo tipo de chaperos que realizan sus transacciones sexuales mientras se proyectan films infames en la pantalla que nadie ve. Mucho antes de que Lars Von Trier alardeara de incluir escenas de sexo real en su película timo Nymphomaníac, lo hizo sin tanto ruido Brillante Mendoza en esta película promiscua, que casi huele a la orina de ese váter atascado que uno de los personajes limpia o al sudor de esos cuerpos jóvenes que se aman clandestinamente en un cuarto recóndito, y rodada como siempre cámara en mano, intensamente humana y sórdida, con diálogos que se pierden en la intensa cacofonía urbana que es su banda sonora, un infierno de bocinazos, gritos y ruido de máquinas que reina en la calle y se filtra por entre las paredes desconchadas del viejo cinematógrafo. Un pene busca una boca y la imagen naif de una escultura de colores encendidos de Jesucristo contempla la escena desde la alacena que comparte con unas vírgenes: provocación por parte del director Brillante Mendoza que introduce la secuencia en su película sin ningún tipo de subrayados, con su técnica naturalista habitual que hacen de él un realizador singular.

Under the Skin

Me despido del festival con Scarlett Johansson a las 22:30. Under the Skin se proyecta dentro de la sección Géneros Mutantes, y su adscripción le viene como anillo al dedo. La película tuvo una campaña publicitaria gratuita gracias a unas imágenes que se filtraron en Internet y el debate que causaron las proporciones del cuerpo de la actriz de cine. Scarlett Johansson, afortunadamente, se sale de la dictadura de la ortodoxia, del 90/60/90 que es fruto del Photoshop, el gimnasio o las dobles de cuerpo. Polémicas físicas aparte la película de Jonathan Glazer es de lo más raro que ha pasado por el festival, y fascinante. No se entiende, pero quizá baste solo con verla. Y ver con el pelo moreno a la protagonista de Match Point en la piel de una alienígena vampírica,  inquieta. Su personaje conduce una enorme furgoneta con aires de zombi por las carreteras sinuosas de Escocia y se dedica a pescar a machos incautos que caen rápidamente en sus redes en cuanto los mira con sus ojos o se dirige a ellos con voz de terciopelo; lo que hace con ellos no queda muy claro, pero desaparecen en una especie de líquido amniótico. El conflicto empieza cuando el/la alienígena que es Scarlett Johansson decide experimentar actividades humanas, como comer y tener sexo: no hay orificios para ninguna de las dos cosas. Hay imágenes fascinantes, paisajes inquietantes filmados en la costa escocesa y secuencias que desasosiegan—cuando el mar se traga a la madre, al padre y al bebé ante la indiferencia del alienígena vampírico que no siente—con un fondo musical envolvente que recuerda, ¿se dice ahora homenajea?, la banda sonora de La semilla del Diablo de Roman Polanski. La fotografía es extraordinaria y la atmósfera soberbia, hipnótica. La cámara se ceba en el rostro bellísimo de la actriz y en su cuerpo sensual que ella ve duplicado en un espejo: le gusta su aspecto. Un vendaval agita un bosque en sus últimas imágenes, y parece que el bosque esté vivo. Es Under the Skin, bajo la piel, un film tan oscuro como esos cuartos infinitos a los que la protagonista lleva a sus víctimas que se dejan guiar por sus contoneos de caderas y promesas de placeres en cuanto ella empieza a desprenderse de la ropa. En esas coreografías a ciegas, en las que sólo se iluminan los cuerpos y lo demás es negro absoluto, hay mucho de Leos Carax y uno de los episodios de Holly Motors. También del David Cronemberg de sus principios. A pesar de ser del 2013 creo que la película todavía no se ha visto en España, lo que resulta incomprensible.

Se conceden los galardones de la 52 edición del Festival de Gijón y, como suele suceder siempre, el jurado formado por el director de cine Santiago Zannou, la actriz Natalia Verbeke, el actor Alberto Amman y Cristóbal Arteaga no coincide en su veredicto con mi quiniela. Normal, tampoco acierto en los Goya ni en los Oscar. Titli, una estimable ópera prima del hindú Kanu Behl rodada en 16 mm, se lleva el galardón a la mejor película, la Butaca de Oro; Shivani Raghuvanshi, la protagonista femenina de esta dura historia, ha recibido también el premio a la mejor interpretación. El premio al mejor director ha ido para el iraní Nima Javidi por Melbourne, bueno pero no el mejor para mí, y la película también ha ganado el premio al mejor guión y el del jurado joven. La polaca Life Fels Good, mi favorita, se ha llevado el premio Gil Parrondo a la mejor dirección artística, y el a la mejor interpretación masculina a Dawid Ogrodnik por su trabajo de tetrapléjico  aquejado de parálisis cerebral. El premio especial del jurado ha ido a Xenia de Panos Koutras, película que considero muy mediocre. El público, con su voto popular, ha destacado a la española Fuego, el thriller dirigido por Luis Marías. La mejor película de animación ha sido Song of the Sea de Tomm Moore. El premio al mejor documental ha ido a otro iraní, Ayat Najafi, por No Land’s Song, decisión que comparto. La crítica especializada del Jurado Firepresci ha premiado a Party Girl, película discreta tirando a buena pero que no me despertó gran entusiasmo. Se han ido de vacío White Bird in a Blizzard de Gregg Araki y Calvary, pero seguramente no van a necesitar ningún premio en su andadura comercial.

Terminan mis días de cine después de nueve tortillas de patata acompañadas por otras tantas jarras y panecillos. Terminan los suculentos menús cinéfilos comentados por Frank en casa de Meli/Jose en su hotel de cinco estrellas. Regreso hoy al hotel después de la misión cumplida sin prisas bajo una lluvia fina, casi inapreciable, el chirimiri, que es como si en el cielo hubiera un aspersor. Creo que he visto el 60% de lo que había que ver, porque no he podido llegar a más, y el balance ha sido enormemente positivo. This is the end.

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