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52 Festival de Gijón: Crónica V

posted by Jose Luis Muñoz 26 Noviembre, 2014 0 comments

Metamorfosis

La apuesta más arriesgada del festival, y también, por ello, con muchos números para ser la más fallida, llega de la mano de Francia y de Christophe Honoré, un director experimentado, con Metamorfosis, adaptación del poema inmortal de Ovidio y que concurre a la sección oficial. El director francés, acompañado de un grupo de actores jovencísimos, trata de atrapar la atmósfera sensual del bardo romano con resultados muy irregulares. Esta versión posmoderna de un texto clásico y con actores estudiantes de secundaria que encarnan nada menos que a Júpiter, Venus, Baco, Las Bacantes y todos los personajes de la mitología clásica va de lo ridículo a lo sublime, con más paradas en el primer puerto. Christophe Honoré busca la transgresión con sus cuadros, casi todos inmersos en la naturaleza, en los que sus jóvenes e inexpertos actores se pasean desnudos, se zambullen en lagos, hacen el amor o se metamorfosean en terneros, ciervos y hermafroditas, pero casi siempre chirría en su empeño de meter  al espectador en su experiencia porque éste acaba viendo actores aficionados, quizá una función teatral de fin de curso, que declaman sin convicción sus textos. Hay aires pasolinianos, de la trilogía formada por El Decamerón, Los cuentos de Canterbury y Las mil y una noches, en la propuesta del realizador francés, y hasta un guiño evidente a El diablo sobre ruedas de Steven Spielberg en una de sus primeras secuencias con un camión fantasmal que enviste a un grupo de estudiantes. Aunque La metamorfosis acabe siendo un film pretencioso e impostado, tiene algunos aciertos estéticos encomiables en las escenas subacuáticas rodadas en un lago en el que un personaje vestido camina por su fondo o en esos ojos múltiples que se abren en un cuerpo humano, son arrancados y se convierten en polvo de estrellas al ser lanzados al aire, pero a la mayor parte de las secuencias les falta precisamente esa halo poético que el realizador busca de forma desesperada bajo las notas de El Mar de Debussy, el fondo sonoro del film.

El cine francés tiene mucha presencia en el festival mientras el latinoamericano sigue inexplicablemente ausente. Por la tarde, otra película que va a la sección oficial y destaca por su frescura y ausencia de pretensiones: Los combatientes de Thomas Cailley. La acción transcurre en Las Landas y la protagoniza un carpintero que acaba de perder a su padre, Arnaud (Kevin Azaïs), y Madeleine (Adèle Haenel), una joven de clase media que quiere canalizar su agresividad y sus miedos a un futuro apocalíptico alistándose en el ejército de tierra para formar parte de los comandos de élite. Cuando Arnaud vaya con su hermano a instalar un entoldado en la piscina de los padres de Madeleine, decide apartar su oficio de carpintero por una temporada, abandonar a su hermano a su suerte con la empresa de ebanistería y seguir los pasos castrenses de Madeleine, y en un ejercicio de supervivencia, cuando los dos queden aislados durante unos días en medio de la naturaleza, saltará la chispa entre ellos. Thomas Cailley se permite unas cuantas ironías a costa de las fuerzas armadas—cuando Madeleine cuestiona la forma de neutralizar una granada tirándose encima de ella para absorber la explosión con el cuerpo y salvar al resto del grupo—en esta comedia juvenil amorosa que cuenta con un activo muy importante, el de una joven actriz, Adèle Haenel, cuyo parecido con Kate Winslet es notable y mantiene feeling excelente con el joven protagonista masculino Kevin Azaïs, condición sine qua non para que la película funcione.

El nivel de los documentales es alto en el festival. El chileno Yorgo es buena prueba de ello. Los realizadores José Domingo Rivera y Paco Toledo abordan en el film el impacto que tuvo el rodaje de Rapa Nui de Kevin Costner en la isla de Pascua y habla con algunos de los extras isleños que participaron en el espectacular film hollywoodiense mientras los sigue con la cámara en sus quehaceres diarios; mientras pescan, montan a caballo, cocinan o sacrifican a sus reses, hablan de sus experiencias, del dinero que ganaron, de cómo, en su mayoría, lo malgastaron, y del impacto económico que supuso para Pascua esa superproducción con el aumento del turismo. Bellas imágenes del paisaje agreste de Pascua, azotado por el viento y un mar embravecido, en donde campan a sus anchas manadas de caballos que se reproducen a su libre albedrío y algunas anécdotas como que durante los meses que el equipo americano estuvo filmando se multiplicó el consumo de cocaína o que los productores yanquis, con dinero, sortearon todos los obstáculos legales que protegían el paisaje y el patrimonio arquitectónico de la isla, completan la visión crítica de este film que muestra como un acontecimiento cinematográfico puede trastocar la vida de un territorio.

Life feels Good

La sorpresa relativa llega de noche, con la última película, y digo relativa porque es muy difícil ver una película polaca que no alcance, como mínimo, el notable alto. Polonia es sinónimo, casi indiscutible, de cinema de calidad; un país que ha dado realizadores extraordinarios como Andrej Wajda, Roman Polanski, Krzysztof Kieslowski o Jerzy Skolimowski, y los sigue dando, y ahí están Pawel Pawlikowski, el director de la extraordinaria Ida, o Lech Majewski con El molino y la cruz. Así es que Life feels good, inspirada en un personaje real, y dirigida por Maciej Pieprzyca es, para mí, la mejor película vista hasta ahora del festival y sería terriblemente injusto que se marchara de vacío. De la mano del director, que cuenta con un guión perfecto escrito por él mismo en el que nada sobra ni falta, y un actor sencillamente extraordinario, Dawid Ogrodnik, que interpreta a Mateusz, aquejado por paralisis cerebral, asistimos a la lucha titánica de este discapacitado por ser reconocido como ser humano. Dividida en pequeños capítulos Mateusz nos habla de su infancia, de su relación entrañable con su padre, al que se refiere como el mago por lo inventivo y fantasioso que era; la vida que ve transcurrir a través de su ventana, como el protagonista de La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock, atisbando la de los demás tras los visillos de las casas; su tierna relación con una vecina que se convertirá en su amiga; su internamiento en un hospital para discapacitados mentales cuando falta el padre; su  enamoramiento de una cuidadora que lo trata con exquisita ternura; su aprendizaje de un sistema de signos que le permite decir, por fin, lo que siempre quiso y no pudo a su madre. Mateusz es un ser sensible que requiere afecto, tiene impulsos sexuales—Las estrellas y las tetas son lo mejor que ha creado Dios—y unas inmensas ganas de vivir a pesar de la dificultad para moverse y comunicarse. Maciej Pieprzyca, en este su segundo trabajo cinematográfico tras una experiencia como documentalista, se sirve de la irónica voz en off del protagonista de su película, el monólogo interior que nadie oye salvo él, para narrar este relato de superación sustentado con ajustados movimientos de cámara, una excelente fotografía y bien musicado. Sin caer en lo lacrimógeno, Life feels good tiene  momentos tan emotivos como cuando su cuidadora pone la retorcida mano de Mateusz sobre su pecho, su doloroso llanto cuando es abandonado por quien él creía era su novia o su gemido de júbilo cuando consigue comunicar que es persona que piensa y siente.

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