Festivales

52 Festival de Gijón: Crónica VI

posted by Jose Luis Muñoz 27 Noviembre, 2014 0 comments

Titli

Seguimos con un nivel muy alto en la 52 edición del festival de Gijón y le toca el turno a una película hindú que va a competición. No todo es Bollywood en el cine que se hace en Bombay, la meca del cine oriental, en donde se facturan más películas del mundo, buena parte de ellas para consumo interno. Titli, también el  nombre del protagonista masculino, es un melodrama negro, familiar y social firmado por Kanu Behl que gira en torno a un muchacho que lleva el nombre de una mariposa, el que se empeñó en poner su difunta madre a su tercer vástago que no resultó mujer, cuyo sueño es huir del asfixiante cerco familiar en el que se siente encarcelado, pero para ello tiene que reunir dinero y está dispuesto a conseguirlo a cualquier precio. Titli documenta, una vez más, la miseria absoluta en la que vive la mayor parte de la población de una de las potencias económicas del mundo, la violencia cotidiana hacia la mujer, socialmente aceptada, a la que se la desprecia como ser de categoría inferior, y la corrupción absoluta de las instituciones desde la cabeza a los pies. La familia en la que Titli sobrevive está capitaneada por un hermano desalmado y violento que impone la ley de la fuerza y organiza asaltos en las carreteras para hacerse con botines tras golpear ferozmente a sus víctimas, la misma saña que empleó durante años con su mujer que le pide el divorcio. Cuando se les presenta al clan la posibilidad de casar a Titli, el hermano pequeño, con una chica, no lo dudan para poder tener una criada en casa mientras ellos se dedican a sus negocios turbios. Pero la chica tiene un amante rico, un empresario de la construcción, y las cosas se tuercen. La película de Kanu Behl me recuerda a la australiana Animal Kingdom, porque todos en esa familiar participan de los crímenes bajo la bendición del padre, en el primer caso, y de la madre, en el segundo. Los miembros de esa familia que retrata con vigorosos trazos el realizador no tienen alma, especialmente ese progenitor taimado que siempre aparece en un segundo plano, emboscado en su cuarto, sin intervenir aparentemente, observando cómo se despedazan unos a otros esos tres hijos abocados a la delincuencia y a la violencia que seguramente han heredado de él. Titli, el protagonista,  está a un paso de no escapar a su destino, de ser un cabrón ladrón y asesino sin escrúpulos como sus odiosos hermanos mayores, pero en un momento determinado se rebela contra ese futuro y literalmente vomita toda esa maldad que le han inoculado en el parking de ese edificio en obras del que acaba de comprar una plaza con la dote de su mujer. Es una película que duele; duelen los martillazos que el hermano mayor y líder del grupo propina en la cabeza al empleado clasista del concesionario de coches para robarle el flamante vehículo; duelen los golpes que propina a su hermano pequeño por cualquier razón, para mantener su estatus de macho dominante en esa manada de leones; duele el intento frustrado de violación de Titli a su esposa en la noche de bodas, y más porque eso es presentado como lo habitual; duele que esos seres humanos, con reacciones de bestias, no puedan salir de su miserable destino porque la sociedad no les ofrece ninguna salida, y se vayan cociendo a fuego lento en la más absoluta miseria a la espera de una mejor reencarnación o a no reencarnarse en nada. Es una película dura, bien construida y con personajes dibujados a fuego que interpretan actores excepcionales. Otra joya de este certamen que apuesta con claridad por el cine independiente que no tendría visibilidad sino fuera por festivales como el de Gijón.

Más cine francés, por si hubiera poco en Gijón, lo que da una idea de la actividad frenética del país vecino en cuanto al séptimo arte se refiere. Hippocrate va de médicos y hospitales como su nombre indica, aunque nada tenga que ver con Hospital Central, Urgencias o House, la serie de televisión que ven y critican precisamente los médicos residentes de un más que mejorable hospital parisino en el que los recortes, por culpa de la rentabilidad, han hecho estragos. ¿Suena la música? Benjamin (Vicent Lacoste), el hijo del director, el doctor Barois (Jacques Gamblin), entra como médico novato en ese centro hospitalario y pronto comprueba en carne propia las deficiencias del sistema sanitario en el que médicos y enfermeras son verdaderos héroes que viven bajo una terrible presión para no cagarla, pues cagarla equivale a enviar a un paciente al depósito. La inexperiencia de Benjamin se contrapone a la experiencia de Abdel (Reda Kateb), un médico residente argelino para el que sólo prima el bienestar del paciente y su sanación cuando ésta es posible. Sobre esos dos personajes, primero enfrentados por los celos profesionales, pero que luego hacen piña, construye Thomas Lilti—médico de profesión que utiliza el escenario del hospital Raymond Poincaré en donde ejerció como plató cinematográfico—su segundo largometraje que es un canto a esa profesión/vocación de la que tanto dependen nuestras vidas, y como telón de fondo el centro sanitario cutre con enfermos dolientes y un equipo abnegado de enfermeras y médicos que no puede más y eleva su voz de protesta contra esos recortes que en tiempos de crisis están laminando a la población. Película oportuna donde las haya, con buenas interpretaciones y una visión crítica del mundo hospitalario servida a través de una tragicomedia iniciática que funciona sin desmayos a pesar de algún que otro exceso como la borrachera de Benjamin que precipita el desenlace algo panfletario del film, con mitin incluido.

No es Marruecos un país que tenga una cinematografía muy destacada, pero en la sesión Perlas puedo ver un thriller de Sean Gullete, Traitors, coproducido con EE.UU, que gira en torno a una cantante de música punk, Malika (Chaimae Ben Acha), que debe reunir dinero suficiente para grabar una maqueta que le abra las puertas al mundo de la música y para detener el desahucio de la casa de su madre, y para ello se presta a trasladar un coche cargado de droga hasta la ciudad de Tánger en compañía de una muchacha embarazada que quiere empezar una nueva vida en Europa. No es su director Sean Gulette marroquí sino bostoniano, protagonista de la película de Darren Aronofsky Pi, y es su película universal aunque no pase de la simple y llana corrección, de ser un producto bien confeccionado al que quizá le falte historia: se ve bien, pero no queda.

Habría que hacer un estudio sociológico del porqué buena parte del cine nipón que se hace oscila entre lo cursi y lo gore, incluso, más complejo todavía, lo cursi se instala en lo gore o viceversa. En El mundo de Kanako de Tetsuya Nakashima hay poco cursi y mucho gore, y creo que debe figurar en el libro Guinnes por mérito propio por los cubos de hemoglobina gastados durante el rodaje. El protagonista de esta historia, interpretado por Koji Yakusho, es un ex policía reconvertido en detective y separado de su esposa que investiga, es un decir, la desaparición de su hija, una colegiala al uso del cine nipón con ese halo de perversión implícita. Para encontrarla, ese detective greñudo, que vocifera más que habla, bebe hasta emborracharse y vomitar, se toma toneladas de pastillas que no ejercen sobre él efecto placebo alguno, pues sigue tan histérico o más que antes, aporrea con sus puños, patea, rompe barras de hierro en cráneos o dispara contra tipos que, a su vez, lo patean, le rompen bates de béisbol en la cabeza, lo acuchillan y lo dejan como un colador, y todo ese desgaste físico para recuperar a esa hija de su padre que se droga, se prostituye, secuestra y asesina clavando destornilladores en el cuello a todo bicho viviente que se cruce en su camino. En ese encadenamiento de violencia hiperbólica, sin el sentido del humor de las películas de Quentin Tarantino, la forma de tratar que los varones, especialmente el protagonista, tienen con las damas no es menos exquisita: las aporrean a puñetazos, las patean en el suelo y, si se tercia, las violan. Lo divertido del caso es que el personaje principal recrimina a los demás que asesinen y sean tan bárbaros en un intento de monopolizar el solito la violencia. La película es un disparate sin apenas guión, un manga que no deja descansar al espectador y que habla también del bulling escolar, de la yakuza, que son una banda de angelitos, y de una policía incompetente capitaneada por un listillo que rinde homenaje a Kojak y sus chupa chups. La violencia se ralentiza con fondos musicales de arias de ópera que suenan mientras la sangre salpica paredes, muebles, parabrisas de coches y hasta la platea; crujen los huesos, sajan los cúteres mejillas y orejas, buscan carótidas los destornilladores y vuelan en mil pedazos dedos de las manos. Tetsuya Nakashima está en la honda del Takeshi Kitano más brutal y del sadismo del Takeshi Miike. Echo de menos en el film catanas que corten cabezas y destripen, aunque hay un zapatazo, que duele, que se recrea en los intestinos de un vientre abierto. Y en esas casi dos horas de metraje, que se hacen largas a pesar de su espléndida fotografía, tanto ruido y tanta furia, vaga el detective, o lo que sea, con un traje de lino que ni mil tintorerías conseguirán limpiar de sangre y más le valdría teñirlo de rojo, bastante más guarro que el de Mickey Rourke en El corazón del ángel. Al final, viendo la cantidad de golpes que propina el protagonista, uno acaba alegrándose cada vez que él también recibe de lo suyo: ¿Me estaré convirtiendo en un animal tras dos horas de violencia extrema? No he podido contar los muertos, ni tampoco los miles de primerísimo planos que utiliza Tetsuya Nakashima para su festín de sangre. ¿Será un vampiro?

Kinatay

La noche termina con una de las películas más terribles que uno ha visto, Kinatay del filipino Brillante Mendoza dentro del ciclo que el festival de Gijón le dedica. Kinatay es un falso documental sobre un asesinato anunciado al que el espectador asiste sin que tenga posibilidad de evitarlo. ¿O sí? Olvídense de Irreversible y cuentos de hadas por el estilo. La violencia en Manila es cosa cotidiana. El grupo de asesinos son policías corruptos que trafican con drogas y mujeres. La víctima, una prostituta, amante del jefe del grupo que no le satisface una deuda. No hay prisa por asesinarla, así es que primero comen, luego beben, después la violan por turnos. Como en sus documentales, Brillante Mendoza utiliza el fuera plano, el plano confuso, el plano oscuro y los diálogos que se entrecruzan, casi inaudibles, para que sea el espectador quien complete la escena en su cabeza, el que colabore en la arquitectura de la pesadilla. Naturalismo que hace más atroz la película, la convierte en una cinta snuff simulada. Los asesinos tienen la misma empatía por la mujer que por una rata, se nota cuando la secuestran, la golpean en el coche, la maniatan con cinta aislante con la que también cubren su boca de la que no sale más que un lamento continúo. No es de los suyos y, por lo tanto, harán con ella lo que quieran porque pueden hacerlo. Finalmente es una res que es sacrificada, despiezada y desangrada. Como los judíos que no eran alemanes y estos hicieron con ellos lo que quisieron: asesinarlos, convertirlos en ceniza y jabón, utilizar sus dientes y pelo. Como los tutsis que no eran hutus y murieron a machetazos en una orgia de sangre. Pero Brillante Mendoza va aún más allá en su atroz experimento sociológico y nos introduce en la escena del espanto a través de un joven inocente que no sabe lo que va a pasar, asiste a toda esa ceremonia de la muerte sin posibilidad de escape pero tampoco interviene, paralizado por el horror o por el miedo, para detener ese asesinato anunciado: es su punto de vista y el nuestro lo que sucede en pantalla. Estamos asistiendo a un asesinato en directo y no nos atrevemos a evitarlo. Ese joven que pierde la dignidad y la inocencia, que es un cobarde, porque no actúa, somos nosotros, paralizados por el horror. ¿Qué haríamos en su lugar? Seguramente como los millones de alemanes que dejaron que los nazis se llevaran de sus casas a los judíos hacia el matadero: nada. Brillante Mendoza es neutro en la exposición de sus imágenes que casi narran en tiempo real esa larga noche que termina de madrugada con los asesinos desayunando tranquilamente en un bar, menos uno que todavía no se ha acostumbrado pero lo hará en el futuro. Eso pasa en Filipinas, seguramente en muchas partes del mundo, en México, por ejemplo, en donde otra película Heli, ponía los pelos de punta al abordar la cotidianidad de la violencia y la tortura en la sociedad, ejecutada en el ámbito familiar, ante niños incluso que siguen jugando con la play station mientras su padre golpea y quema a un tipo colgado de una barra en el comedor de su casa. ¿Es necesaria Kinatay? ¿Fue necesaria Salo de Pier Paolo Pasolini?

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