Festivales

52 Festival de Gijón: Crónica VII

posted by Jose Luis Muñoz 28 noviembre, 2014 0 comments

Trap Street

Uno ya empieza a acusar el cansancio de los días a pesar de alojarse en un hotel de cinco estrellas regentado por dos buenos amigos, y poder  discutir con apasionamiento con el huésped cinéfilo, pues en eso del cine las pasiones, las filias y las fobias tienen más peso que en la literatura. Así es que al séptimo día del certamen no descanso y me encuentro más cansado, pero no por ello decido desengancharme de esa droga que es el cine y sin la que no creo que pudiera vivir, presente en mi vida desde que tuve uso de razón como válvula de escape de un mundo que no me gustaba o que me resultaba insuficiente.

Ya he visto muchas películas para empezar a hacer una lista con mis favoritas que, como seguramente no serán del gusto del jurado, se irán sin premio de la ciudad asturiana. Esa lista de exquisiteces varias, porque eso son, varias en géneros y nacionalidades, estaría encabezada por la polaca Life Feels Good, seguida del thriller de Gregg Araki White Bird in a Blizzard, Calvary y Fuego. Me complacerá que Brendan Gleeson se lleve el premio al mejor actor por su composición del sacerdote irlandés y que Adèle Haenel, la estupenda actriz de Los combatientes, consiga el de mejor actriz. Como secundaria haría sangre por Eva Green, a la que me encantaría saludar, entrevistar y tomar un café si estuviera por aquí.

Programar las sesiones de prensa a las 9:30 de la mañana puede ser tomado como un acto de crueldad extrema a la altura de las películas de Takeshi Miike. Por fortuna la organización del festival tiene el detalle de no programar a esa hora tan temprana películas de violencia hiperbólica como la que cerró la jornada de ayer. Es todo un detalle.

La contribución china al certamen es modesta en número y calidad, y eso que la primera potencia de Oriente es uno de los países que más cine factura del mundo y más lo sabe vender últimamente. El poder del yuan y de un país que tiene más dólares que Estados Unidos pesa. Trap Street, de Vivian Qu, es el debut en la dirección de esta productora de cine que ha colocado Black Coal como ganadora del último festival de Berlín. El protagonista es un joven, hijo de un jerarca local del Partido Comunista, el Partido, porque no hay otro, que trabaja en una empresa dedicada a actualizar los mapas digitales para los GPS; en su trabajo por las calles conoce a una chica que aparca su coche en zona prohibida, coincide con ella en un día de lluvia que aprovecha para llevarla a su casa en el coche de la empresa y salen un par de veces; mientras, tiene un incidente laboral que trastoca su vida: topa con una calle prohibida, en donde hay unas oficinas secretas del gobierno, que no debe figurar en los planos de ningún GPS; y se obsesiona al sentirse espiado y completamente controlado a partir de entonces. Hay una indefinición genérica que perjudica claramente la película de Vivian Qu: parece que va a ser una comedia romántica y luego vira hacia cine negro de terciopelo, pero en ese viraje le falta garra y sustancia al film. Pasan muy pocas cosas en Trap Street y sus protagonistas carecen de la fuerza suficiente para engancharnos. Hay, eso sí, una crítica al sistema, a la burocracia, algo que parecen compartir casi todas las película de la última hornada.

Y escribiendo sobre Vivian Qu, seguramente cosas que no serían de su absoluta satisfacción en el Café Parchís, en donde recalo desde hace un par de días para comer una tortilla de patata regada con una caña y porque tiene un wifi aceptable, levanto los ojos y veo sentada a la mesa de enfrente una mujer alta, delgada y extraordinariamente atractiva que no sospecha que el tipo que la mira está escribiendo sobre su película. Cosas de Gijón y de los festivales. Inspecciono las otras mesas por si descubro a Eva Green.

Reclamaba cine latinoamericano y me hacen caso a las cinco de la tarde. El 5 de Talleres, de Adrián Biniez, es una coproducción entre Argentina y Uruguay que gira en torno a un equipo de fútbol de cuarta división, Talleres de Remedios de Escalada, y uno de sus jugadores, el 5, Sergio “Patón” Bonassiolle, tipo elemental y algo bravo, que está en un momento amargo deportivamente hablando: quiere dejar el equipo y recuperar los estudios elementales que dejó aparcados para cursar una carrera. Película sencilla, simple, cotidiana, sin conflictos, sobre gente de la misma ralea, El 5 de Talleres se mueve en terreno amigo—en el de los colegas de campo, el padre competitivo del jugador, su mujer—, sin pretensiones, y así pasan sin pena ni gloria sus 100 minutos aunque quizá no sea película para un festival.

Banda de chicas

Se han proyectado en Gijón, dentro de la sección Gran Angular, dos películas francesas que ya se vieron en San Sebastián y esperan estreno en España. Bande de filles es desoladora y no porque sea una película especialmente dura a nivel visual. Una chica negra maltratada en su casa por su hermano mayor, que asume el rol de padre, habitante del inhóspito banlieue, decide unirse a una banda de chicas de su mismo color, unas chonis poligoneras de ascendencia africana, que se dedican a pelearse con otras bandas y a pequeños hurtos cuando por su mal expediente académico se les cierran las puertas para seguir con sus estudios. Celine Sciamma (Pontoise, 1980) retrata ese grupo salvaje femenino con sumo cariño—las chicas, además de encanto, derrochan simpatía y comunican bien—pero no le da ninguna esperanza de rehabilitación. Lejos de reivindicar un cambio social o buscar un culpable a su situación, esas muchachas marginales lo único que quieren es ropa cara, maquillaje, alojarse en lujosos hoteles con las ganancias de lo que roban y tener un chico que las proteja: unas jóvenes airadas de lo más convencionales.

Samba se beneficia del éxito comercial de Intocable y su actor icónico, el francés de origen senegalés Omar Sy de fotogenia y simpatía arrolladoras. Los directores Eric Toledano y Olivier Nakache construyen esta comedia de corte social sobre un sin papeles que malvive con su tío en una minúscula vivienda y trabaja de forma esporádica hasta que la policía le echa el guante e inicia su trámite de expulsión. Por el camino se encuentra con un amigo, falso brasileño, Walter (Tahar Rahim), que en realidad es argelino pero yendo de carioca liga más, y Alice (Charlotte Gainsbourg), una chica depresiva, de baja en su trabajo, que aprovecha el impasse para trabajar en una ONG que ayuda a los emigrantes. Samba es un film simpático que consigue que recupere la sonrisa la hija de Jane Birkin y Serge Gainsbourg tras pasar por el potro de tortura de Lars Von Trier.

Continua la retrospectiva Brillante Mendoza y, además, con la presencia del realizador filipino en el festival. Lola, abuela en tagalo, está muy lejos de Kinatay, aunque también gire en torno a un suceso real, constante  de su filmografía, y haya un asesinato como nexo de unión de dos historias que confluyen. La cámara objetiva de Brillante Mendoza—aunque la objetividad resulte imposible en el cine, siempre se elige una imagen y se descarta otra— sigue las andanzas de la abuela de la víctima, volcada en reunir el dinero para el entierro y funeral de su nieto—la gente corriente acude a los prestamistas obviando los bancos en los que no les darán crédito—mientras la abuela del homicida intentará recaudar fondos como sea para pagar una indemnización a la otra familia, obtener que la causa sea sobreseída y su nieto recupere la libertad. Brillante Mendoza hace pivotar su historia costumbrista, que a ojos de un occidental puede resultar antropológica, en estas dos ancianas—el matriarcado está muy extendido en Filipinas—y de paso en sus familias, sus formas de vida, sus ritos y costumbres. La cámara, en mano, con planos movidos, sigue a los personajes de esas dos familias por los callejones infectos del poblado, por sus canales, en sus hogares en donde permanecen abiertos día y noche desvencijados televisores bajo la luz parpadeante de los tubos fluorescentes. Como es habitual en su técnica que yo llamo de falso documental, los actores no lo parecen en las películas de Brillante Mendoza, la puesta en escena sencillamente no existe, los planos son casi siempre generales y los diálogos quedan diluidos en la cacofonía del ruido ambiente. Se rodó en la temporada de las lluvias, expresamente, para que todo resultara más duro para esas ancianas luchadoras de la vida que protagonizan Lola.

Terminamos mal la jornada, con una de las películas más flojas del festival que se presenta dentro de la sección Géneros Mutantes, y eso que yo iba predispuesto para sustos. It Follows, de David Robert Mitchell, pertenece a ese denostado género, con razón, de terror adolescente que es patrimonio de la cinematografía estadounidense y me imagino debe tener una función pedagógica en su origen, la misma que los cuentos infantiles de la Edad Media que nos llegaron convertidos en Pulgarcito, Caperucita Roja, Los tres cerditos, etc.: alertarnos contra los peligros del mundo exterior, y en el caso del puritanismo norteamericano, el pernicioso sexo, pero en It Follows ni eso. Con un guión disparatado, que va por dónde le da la gana, sin el más leve atisbo de lógica, y con unos efectos especiales de traca—que aparezcan como monstruos que asusten una señora viejecita que parece escapada de una residencia de la Tercera Edad y una joven desgreñada a la que le falta un calcetín y se le ha bajado una cazoleta del sujetador ahorra maquillaje—David Robert Mitchell va sacudiéndonos los tímpanos con efectos sonoros que no se corresponden con los visuales. Todo en este film es disfuncional.

Blog Widget by LinkWithin


Leave a Comment