Festivales

52 Festival de Gijón: Crónica VIII

posted by Jose Luis Muñoz 29 Noviembre, 2014 0 comments

Melbourne

Penúltimo día y ya anda uno desnortado por la ciudad de Gijón que por suerte conoce el que esto escribe, por ser casi hijo adoptivo de la villa, porque si así no fuera, no tendría tiempo de descubrirla entre película y película, lapso de tiempo que empleo en escribir esta crónica y comer tortilla de patatas, de la que, dicho sea, empiezo a cansarme.

La representación iraní al certamen llega de la mano de Melbourne de Nima Javidi. Si hablaba días pasados de la solvencia del cine polaco a la hora de hacer cine, Irán es otro país que demuestra tener una industria impecable, con la que se ha labrado un prestigio internacional—el Oscar a la mejor película de habla no inglesa a Una separación de Asghar Farhadi, que avaló luego su prestigio con El pasado; el laureado en festivales europeos Jafar Panahi; o Abbas Kiarostami, que ya es considerado un clásico, entre otros—a pesar de la teocracia que padece. Habrá espectadores a los que les aburra el neorrealismo iraní, el tono moralista y didáctico que impregna todas sus películas e impide otro tipo de géneros que quizá apetezca a sus realizadores, el negro, por ejemplo. Melbourne es moralista y didáctica y transcurre exclusivamente en un escenario único, una casa, cuyos jóvenes habitantes, una pareja ilusionada, emprenden ese día viaje a Melbourne, la ciudad que encabeza el top ten de las mejores ciudades, para emprender una nueva vida; pero todo se les viene abajo cuando fallece por el síndrome de muerte súbita el bebé de la vecina del que se han hecho cargo por unas horas. El círculo de mentiras, por no asumir la responsabilidad de ese fallecimiento accidental, crece como la onda de una piedra en un lago: lo ocultan por miedo a lo que pueda suceder, se echan la culpa del óbito el uno a otro, se responsabilizan luego de él, dudan si emprender ese viaje a Melbourne mientras todo a su alrededor se enrarece. Nima Javidi impone tensión a ese relato cinematográfico claustrofóbico que no escapa de las paredes de esa casa que vacían los empleados de una oficina de empeño, revisa el propietario para alquilarla cuando marchen, es visitada por el padre del bebé que pregunta por él, también por la canguro que debía hacerse cargo de la niña fallecida, la madre del protagonista y su hermana que quieren despedirse de ellos, y en ese período de tiempo hasta la hora de coger las maletas y partir hacia esa nueva vida que se abrirá en Melbourne o se cerrará en el aeropuerto de Teherán, la directora deja el final abierto, suenan los móviles de él y ella, llega la conversación por Skype del amigo que los esperará en el aeropuerto, resuena el timbre del interfono con la ambulancia que han llamado y que parte porque dicen que el problema ya está solucionado, llaman a la puerta sus vecinos para despedirse, una sinfonía cacofónica de las nuevas tecnologías: todas son ocasiones que pierden los protagonistas para decir lo que ha pasado y asumir la responsabilidad de los sucedido. Naturalismo cinematográfico, buenas interpretaciones y una habilidad para construir un drama tenso con muy pocos elementos sin caer en la teatralidad. Buena película, aunque no entusiasme ni asuma riesgo alguno.

La participación coreana en el festival de llama Hill of Freedom. Ni gore ni cursi, sino todo lo contrario. Una historia de amor orquestada por Hong Sang-soo en el que el tiempo impone su especial tiranía. Mori, el protagonista, japonés, joven y desempleado, acude al café Hill of Freedom, La colina de la Libertad, para reencontrarse con Kwon, la chica coreana que no responde a sus cartas. Cuando la camarera del local, una chica que tiene un perro pequeño, le pregunta en inglés a Kwon qué libro está leyendo, éste le muestra el título del mismo: El Tiempo. Y el tiempo, su relatividad, está en el núcleo de una película en la que los encuentros, o desencuentros, entre los protagonistas parecen producirse en planos diferentes, en distintas coordenadas, es decir, no se producen. Mori deja Tokio y vuela a Seúl para encontrarse con Kwon sin saber si la va a ver. Uno de los principios del enamoramiento, la incertidumbre que lo acompaña, el riesgo que asume una de las partes y que la otra no suele correr porque éste que describe Hong Sang-soo, como buena parte de ellos, es un amor no correspondido; ni siquiera hay respuesta a esa carta que una Kwon de otra época, del presente, lee en esa cafetería Hill of Freedom años después que fuera echada al correo y arrepintiéndose de no haber acudido a la cita y que sirve de hilo conductor del relato cinematográfico. Mori, desnortado, vaga por ese barrio de Seúl que lo acoge con cierto cariño a causa de su desvalimiento—la dueña del pequeño hotel; el amigo coreano entrañable y abierto que chapurrea algo de japonés; el occidental que ha seguido el camino de Mori y lo ha dejado todo para reunirse con su amor coreano—y entabla relaciones con los personajes que lo rodean con la dificultad de hablar con ellos un idioma extraño, que él no domina y sus interlocutores tampoco, el inglés, con lo que se establece una cierta disfuncionalidad comunicativa, un hablar de las cosas elementales guardándose las más profundas. Con mucha influencia de la nouvelle vague—y no estaría de más recordar que una de sus obras capitales, Hiroshima, mon amour de Alain Resnais, con sus obsesiones amoroso/temporales, transcurre en Oriente—, Hong Sang-soo construye un melodrama romántico hecho a base de paseos solitarios, silencios, miradas al vacío, abrazos a personas interpuestas, a la tierna camarera de Hill of Freedom, y soledad infinita. Mori deambula por ese escenario extraño como un personaje de Jim Jarmush o el Bill Murray de Lost in Traslation: perdido. Y como en Deseando amar de Wong Kar Wai, otro posible referente de Hill of Freedom, el amor perfecto es el que nunca llega a materializarse.

El interesante ciclo Brillante Mendoza sigue con la presencia del director en el festival y su última película, Cautiva, puede que la más tradicional de su peculiar filmografía, y también la más costosa. El director de Kinatay huye de la ciudad y se adentra en la selva para relatar milimétricamente el secuestro que llevan a cabo yihadistas filipinos de la isla de Mindanao, de mayoría musulmana, contra un grupo de turistas de un resort isleño, suceso real que tuvo una gran repercusión mediática por sus víctimas occidentales. La cámara de Brillante Mendoza recoge la belleza de la tupida foresta traspasada por los rayos del sol, la abigarrada vida animal que se mueve entre la hojarasca o el vuelo de esa ave del paraíso desplegando su plumaje de colores, por ejemplo, en contraste con los horrores cotidianos de los secuestrados en su casi un año de cautiverio, arrastrando miserias, cansancio y enfermedades, siendo ejecutados sin miramientos sus elementos más débiles que ralentizan la marcha, violadas las mujeres que entrarán a formar parte del harén de los terroristas y con la incertidumbre de si sobrevivirán a las sucesivas operaciones de rescate que lanza el ejército filipino. De nuevo el naturalismo de Brillante Mendoza impone sus propias reglas en ese retrato equidistante de víctimas y victimarios que establecen relaciones, más allá de su situación, y, en algunos casos, empatizan, destensando una situación límite. A fin de cuentas todos son seres humanos que conviven durante meses aunque el fanatismo y la situación política los sitúe enfrentados. Más que en las escenas de acción, perfectamente filmadas pero huyendo de la truculencia violenta, Brillante Mendoza fija su objetivo en las personas, en sus conflictos y dramas particulares, especialmente en la religiosa que interpreta Isabelle Huppert, la única cara conocida de un reparto que, una vez más, no parece interpretar sino formar parte de un documental. Una forma muy diferente de contar una historia que, en manos de un realizador norteamericano, se habría convertido en un gran espectáculo de fuegos de artificio. Brillante Mendoza huye del espectáculo bélico y nos ofrece una serie de retratos humanos en su film coral, como todos los suyos.

Mr Turner

Si Mr. Turner fuera a competición tendría muchas posibilidades de hacerse con bastantes de los galardones del festival de cine de Gijón: mejor película, mejor director, mejor actor principal, mejor actor secundario, mejor dirección artística, mejor fotografía. Vamos, que arrasaría. Asombra la versatilidad y el rigor de los realizadores británicos a la hora de acometer trabajos teóricamente fuera de su línea cinematográfica, su capacidad de adaptación a mundos ajenos y su rigor absoluto en la ejecución de su trabajo. Estamos acostumbrados a un Mike Leigh de temática social—el de Secretos y mentiras y Todo o nada—, retratista de la clase obrera británica, al estilo de Ken Loach, sin su exceso de pátina política, o de Stephen Frears; pues bien, como éste último en Las amistades peligrosas, es capaz de ponerse en un film de época y conseguir una obra cinematográfica impecable de principio a fin. Mr. Turner es el biopic de uno de los mayores pintores del Reino Unido, William Turner, mago de la luz, las marinas y los naufragios, y Mike Leigh hace un retrato nada complaciente de este genio cuando ya ha triunfado y goza de reconocimiento. Se hace realidad en él la brillante frase de la escritora Margaret Atwood Interesarse por un escritor porque nos gustan sus libros es como interesarse por los patos porque nos gusta el foiegras, aplicándolo al mundo de la pintura. El Turner que nos presenta Mike Leigh, en una época de profundos cambios—se inventa la fotografía con la repercusión que tendrá sobre la pintura, y el director lo visualiza en una divertida secuencia en la que el pintor acepta ser fotografiado—, es un personaje desalmado que nunca quiso a su familia—muere una de sus hijas y ni siquiera se digna ir al entierro—, desprecia a su fallecida madre que acabó en un psiquiátrico y le importa un rábano la frágil salud de su padre, que le ayudó y fue su compañero fiel durante muchos años. La única amante de Turner será la pintura, la búsqueda de la luz, el dios sol, según palabras suyas, en lo que empeña su vida. Mike Leigh recrea a conciencia la época contando con una dirección artística espléndida, clona en sus fotogramas la visión que Turner tiene del mar—magistral la representación de uno de sus cuadros más celebrados: El Temerario remolcado a dique seco- e ironiza sobre los colegas coetáneos en la reunión que estos tienen con sus obras en la Real Academia del Arte – se burla de Gainsborough introduciendo un bermellón chocante en uno de sus lienzos que luego transforma en boya con un salivazo y el pulgar; se carcajea cuando irrumpen los prerrafaelistas en la pintura británica-, un batiburrillo de egos supinos. Turner, que empezó siendo figurativo y brillante exponente de la pintura romántica, derivó hacia un impresionismo radical, siendo uno de sus precursores,  y finalmente sus cuadros se convirtieron simplemente en luces, en nubes, humaredas o nieblas traspasadas por el sol. La película no sería lo que es si no contara con un actor excepcional, Timothy Spall – obtuvo por su interpretación el premio al mejor actor en el último festival de Cannes-, al que hemos visto muchas veces de secundario de lujo en todo tipo de films, también en los de Mike Leigh, y que aquí es el protagonista absoluto, un viejo gruñón sin apenas sentimientos, que dice de sí mismo que tiene cara de gárgola, trata a su devota y enamorada doncella (Dorothy Atkinson) como objeto de usar y tirar, y acaba sus días en un pueblo de la costa, en Chelsea, junto a la dueña de una posada (Marion Bailey), seguramente porque desde su ventana puede ver el primer rayo de sol que ilumina Gran Bretaña. William Turner nunca en su vida pintó ningún retrato: no le interesaban los seres humanos.

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