Festivales

62 Festival de San Sebastián: Crónica II (Sábado 20 de septiembre)

posted by Jose Luis Muñoz 21 Septiembre, 2014 0 comments
Mucho cine, aunque no siempre excelente

Una nueva amiga

La vida casi siempre implica una elección, pese a lo poco propenso que soy yo a tomar una senda y cerrar otra. En la selva de proyecciones que compone el mosaico del Festival de San Sebastián hay que optar por una película u otra, porque es imposible verlas todas, algo que yo procuro con mi cabezonería pero no consigo. A veces se acierta, pero también se producen desengaños.

Pero antes de seguir con esta apasionante crónica cinematográfica en la que la tan apreciada gastronomía vasca ha quedado apartada (plato del día, cerveza, café y corriendo), hablar de Richard Linklater, que estuvo presente en videoconferencia y recibió uno de los premios más prestigiosos del festival, el FIPRESCI, por su extraordinaria Boyhood.  No lo vi, pero me lo contaron. Tampoco está uno para admirar a los mitos (Denzel Washington, ayer y, en los próximos días, Benicio del Toro) porque la programación no deja huecos.

La segunda jornada empieza más nublada que la anterior, pero luego luce el sol. También a nivel artístico. La irregularidad de François Ozon, niño mimado del cinema francés, se confirma. Su nueva película Una nueva amiga va a competición y la verdad es que uno no se explica muy bien su presencia en el festival. Si François Ozon había deslumbrado con Joven y bonita, su anterior película sobre una muchacha que siente un impulso irrefrenable hacia la prostitución, en Una nueva amiga decepciona. Con una realización convencional, que ya es marca de la casa, subrayados musicales que recargan aún más lo cursi de algunas de sus secuencias, la película gira en torno a la ambigüedad sexual de sus protagonistas. Cuando la protagonista femenina (Anaïs Demoustier) pierde a su amiga de la infancia promete en su funeral cuidar de su marido y su bebé, pero el marido, tras la pérdida, hace el duelo travestizándose. La película de François Ozon, tras un inicio muy brillante que levanta frustradas expectativas, bascula entre la comedia, a la que le falta un punto de locura—el que le habría dado Pedro Almodóvar, maestro en tratar esos asuntos— y el melodrama, sin convencer en ninguno de sus giros genéricos. No se acaba de creer el espectador a sus personajes, a ninguno, sobre todo al que interpreta, penosamente, el actor francés Romain Duris, que tanto es David como Virginia, y que constantemente nos recuerda al Miguel Bosé de Tacones lejanos. La película de François Ozon es mediocre, aburre, y, a ratos, produce vergüenza ajena. Al director francés le ocurre lo mismo que a Clint Eastwood, que sólo funciona con muy buenos guiones. Una gran decepción que no creo que concite el entusiasmo del jurado en el que está Natasha Kinski, uno de mis mitos cinematográficos, con la que no quedaré pues el trabajo aprieta y uno es disciplinado y profesional, no como algún que otro crítico odiado que pulula por el exterior del festival pero al que aún no ha visto el que esto escribe en una sala de proyección. Yo no le pienso contar la película de François Ozon. Que la sufra él solito.

Cesar Chavez

La representación del cine social en el festival viene de la mano del mexicano Diego Luna. El también actor está presente con una película sobre un sindicalista mexicano en la California de los sesenta, en tiempos de Kennedy y Nixon, César Chávez, así se llama el biopic, y entre los productores de la misma encontramos a John Malkovich, que se reserva el papel de un croata terrateniente de la uva bastante cabrón, y a su compañero de fatigas Gael García Bernal con quien el director tuvo una escena de amor tórrido en Y tu mamá también, incomprensible estando por medio Maribel Verdú. La película narra en tono épico una larga huelga, cinco años, de campesinos mexicanos y filipinos por unos salarios justos que terminó por doblar la cerviz de sus explotadores patrones yanquis en cuanto consiguieron que millones de norteamericanos simpatizaran con su movimiento y no consumieran las uvas de la ira. Una película correcta y de una dignidad enorme que cuenta con una muy buena interpretación del líder sindicalista por parte de Michael Peña, América Ferrara, como su abnegada esposa, Rosario Dawson y un recuperado Julian Sand en un papel episódico. El grito de guerra de Barack Obama Sí, se puede, que aquí hasta han adoptado como nombre de grupo los de Podemos, ya lo descubrió ese pequeño líder de los espaldas mojadas que siempre se opuso a los métodos violentos a pesar de sufrirlos sobre su piel.

El silencio del corazón

El silencio del corazón es uno de los platos fuertes del festival. No es Bille August un realizador fiable al cien por cien. ¿Quién, aparte de Stanley Kubrick o John Ford, lo es? Lo cierto es que el danés más internacional, con permiso del terrorista y dogmático Lars Von Trier, suele acertar cuando juega en tierra propia y fracasar cuando lo hace en tierra extraña. Verbigracia de lo primero Último tren a Lisboa,  no tanto La casa de los espíritus, frente a Smilla y, sobre todo, Pelle el conquistador y Las mejores intenciones. De quien se postulaba como heredero de Ingmar Bergman, o lo postulaban, nos llega esta pieza de cámara que parece un guión del realizador de El séptimo sello. Una madre, que padece una enfermedad degenerativa irreversible, decide reunir por última vez a su familia y a una amiga muy querida antes de suicidarse asistida por su marido médico. Entre las cuatro paredes de una hermosa casa lindante con un lago se desarrolla esta ceremonia de despedida en la que chocan los caracteres disímiles de las dos hermanas, una segura de sí misma y la otra en permanente depresión, y surge entre ellas una absurda sospecha que la madre desmiente. Bille August conduce ese guión férreo y sin fisuras, tampoco sin demasiados alardes, hasta ese final anunciado y se sirve de un buen plantel de actores y un control de emociones que podrían aflorar por el tema de la película. Una última comida, una última cena, un último desayuno que aceptan los familiares, no sin fisuras, y que rompe Bille August en una sesión de coloque colectivo vía porro guiada por el novio asocial de la hermana menor. El silencio del corazón, buen título que alude al final de la historia, tiene muchas posibilidades de alzarse con alguno de los premios importantes aunque mi voto sería para La isla mínima, y no por amor patrio sino porque el danés es excesivamente canónico y no corre apenas riesgos.

Automata

Una sorpresa relativa ha sido Autómata. Esta coproducción hispano-búlgara-norteamericana que va a la competición oficial anda un poco desubicada en Donostia y seguro que tendría una presencia más relevante en Sitges. Producida por Antonio Banderas, que se reserva su protagonismo absoluto—y por una vez, con el cráneo rapado, su interpretación de un agente de seguros que investiga las desviaciones de protocolo de unos robots no chirría sino todo lo contrario—, con un cameo para que su ex Melanie Griffith se luzca y rodada en escenarios sencillamente sobrecogedores, el territorio que en el film se denomina La Arena, esta película de ciencia ficción que enfrenta humanos y robots en un futuro apocalíptico y bebe mucho, y sin disimular, de Blade Runner y Mad Max, tiene un desarrollo satisfactorio y un final a lo espagueti western muy logrado. Con un reparto americano cien por cien—Robert Foster, entre otros—, equipo búlgaro y hablada en inglés, Autómata es un buen ejemplo, en cuanto a factura, de lo que se puede hacer con un poco de imaginación y una buena dirección artística. Entre los aciertos del film la interpretación del robot Cleo, tierno y emotivo chasis metálico femenino, que baila un agarrado con Antonio Banderas mientras suena La mer en un hangar repleto de chatarra. No es Hal, el robot de 2001, una odisea del espacio, pero también tiene sentimientos. No está nada mal para ser un made in Spain esta película de Gabe Ibáñez, el realizador de la inquietante Hierro, de la que sale el espectador sacudiéndose el polvo gris que impera en su historia.

No es una mala idea terminar el día con Paco de Lucía: la búsqueda, un buen documental de Francisco Sánchez Varela sobre uno de nuestros músicos más extraordinarios y reconocidos, un genio que nunca alardeó de serlo. Con entrevistas, materiales inéditos y grabaciones, el espectador disfruta de la música del singular guitarrista que brota del alma y entra en las cuitas de su creador, proyectada en la sección Zabaltegi del festival. Me he pasado el 80% de mi vida solo, dice en un momento, porque no hay quien viva con un artista. O esta otra: ¿Cómo es posible que algo que compones un día y te emociona, lo escuches al día siguiente y te decepcione. John McLaughlin, Chick Corea, Carlos Santana hablan de la genialidad del guitarrista de Algeciras que rememora sus primeros pasos musicales con su hermano; su estancia, siendo apenas un niño, en Estados Unidos como guitarrista del bailarín italiano José Greco; su relación y admiración absoluta por Camarón de la Isla; su excomunión por los puritas del mundo flamenco, capitaneados por Sabica, cuando a raíz del éxito de Entre dos aguas buscó el mestizaje con otras músicas; y, sobre todo, el alma sencilla, amable, vitalista de este músico que Nos dejó por sorpresa, improvisando, matiza Francisco Sánchez Varela, antes de ver finalizado el documental.

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