Festivales

62 Festival de San Sebastián: Crónica III (Domingo 21 de septiembre)

posted by Jose Luis Muñoz 22 Septiembre, 2014 0 comments
Cine negro tras el desayuno y antes de irse a dormir

la entrega

Nada más adecuado para despertar de golpe que La entrega del belga Michael R. Roskam con el teatro Victoria Eugenia a reventar por los enviados de la prensa. Incluso vi al crítico maldito y lo hice levantar para ocupar una butaca esquinada. Basada en una novela policial de Dennis Lehane, la apuesta es segura sobre todo si se cuenta con interpretaciones como las Tom Hardy, soberbio como camarero de oscurísimo pasado, Noomi Rapace, la punki de Millenium que ya ha conquistado Hollywood, y la última aparición en pantalla del grandioso James Gandolfini. Todo gira en torno a un bar caja neoyorquino—funciona como un banco 24 horas en el que los mafiosos depositan los sobres del dinero de las apuestas—que es una tapadera de una peligrosa banda chechena. Violencia áspera, personajes de una ambigüedad moral absoluta y un giro final de los que cortan el aliento, y brazos y piernas, son algunas de las virtudes de este noir absoluto. Nadie es lo que parece en La entrega y en nadie se puede confiar.  El secreto de este film negro canónico se llama guión, guión y guión, escrito por el propio Dennis Lehane (Mystic River, Shutter Island); personajes de los que inquietan nada más verlos y oír cómo susurran sus amenazas y buenas y creíbles interpretaciones, desde el protagonista Tom Hardy (atención a cómo mete en la nevera, envasado al vacío, un brazo amputado y el comentario socarrón de James Gandolfini cuando lo ve actuar con tanta naturalidad) a ese detective hispano interpretado por John Ortiz y con el que coincide en misa cada domingo el oscuro camarero. Hollywood sigue con su inteligente estrategia de fagocitar a todo realizador europeo que destaque, costumbre inveterada desde los tiempos de Eric Von Stroheim, Billy Wilder, Otto Preminger y tantos otros, y hace suyo al director belga Michael R. Roskam (Carlo, Bullhead). La entrega, que nadie duda será un exitazo de taquilla, es  una seria candidata a premio que coge al espectador desde el inicio, con una voz en off que lo sitúa en un barrio poco recomendable de Nueva York, y no lo suelta hasta el final. Sabe dosificar Michael R. Roskam la violencia —ese brazo cortado entre billetes ensangrentados que dejan junto al bar; los chechenos que llevan a su víctima torturada en el interior de su furgoneta como publicidad de sus métodos expeditivos de actuación— y consigue que ésta esté siempre flotando amenazadora en el ambiente. Otra pieza maestra de cine negro que le va a hacer la competencia a la hispana La isla mínima y que eleva el nivel del festival. Cine comercial, sí, pero de factura excelente.

Pasolini

Abel Ferrara no va a competición con su Pasolini, vista en la sección Perlas, que no arroja más luz sobre la versión oficial sobre su violento fin: lo asesinaron por homosexual. El director norteamericano desaprovecha la ocasión de acercarse a uno de los artistas más incómodos al que el sistema hizo desaparecer de forma drástica. El polifacético izquierdista vivió siempre por el filo de la navaja y disparó a diestra y siniestra a través de un cine cada vez más ácido que resultaba insoportable a los poderes facticos, más a raíz de Salo, su obra póstuma. Al Pasolini de Ferrara le chirria algún fragmento—el desarrollo de un guión que no llegó a cristalizar por la súbita muerte de Pasolini y que interpreta uno de sus actores fetiche, Ninetto Davoli—pero brilla cuando Willem Dafoe se apodera de la pantalla con su envolvente personalidad y su perfecta dicción. Haciendo de Laura Betti, amiga íntima del cineasta, encontramos a María de Medeiros sobreactuada, y choca, por la cuestión idiomática, que Abel Ferrara, que rueda en Italia y con un equipo italiano hasta la médula, haya optado por el inglés. La secuencia del asesinato del director de Teorema, en una sórdida playa de Ostia y tras recibir una brutal paliza, tiene el tono oscuro que presidió la vida de este burgués que buscó el sexo de pago con chaperos en los ambientes más sórdidos y marginales. Incomodan mucho más los áridos films del director de Bolonia, que, confieso, nunca me acabaron de gustar precisamente por su pobreza formal, que este biopic parcial que lleva la firma del italoamericano Abel Ferrara, autor de algunas obras maestras del cine negro como Teniente corrupto o El funeral.

Chrieg

Chrieg es la primera película que veo de la sección Nuevos Directores. De nacionalidad suiza y dirigida por Simón Jaquemet gira, como la canadiense Mommy que vi el primer día del festival, alrededor de adolescente inadaptado, pero el personaje que interpreta el bastante autista Benjamin Lutzke está harto de los cuidados de su madre obesa mórbida, no aguanta a su padre adicto a los gimnasios y siente celos de su hermano recién nacido: ni quiere ni lo quieren. Con esos ingredientes, una falta de autoestima y una carencia de afecto, no es extraño que el chico se tuerza. La medicina—los padres, hartos de lidiar, lo envían a una granja perdida en el monte para que aprenda disciplina militar, un negocio que muchas veces ha terminado con sus promotores entre rejas—es bastante peor que la enfermedad. En un ambiente hostil, marcado por unos ritos iniciáticos violentos y vejatorios por parte de los dos chicos, uno de ellos serbio, y la chica, que se comporta como un varón, el adolescente empeorará y finalmente tomará parte en las correrías violentas de ese grupo de drugos cuyo punto en común es el odio visceral a sus padres. Árida, violenta y tensa, el film de Simon Jaquemet es de los que duelen, y no solo por la violencia física, que la hay, sino por la emocional. La camada suple a la familia, y, cuando se disuelve, el atormentado protagonista se queda sin asideros vitales. Para proyectar en psiquiátricos o en facultades de psicología.

Una segunda oportunidad

Dinamarca es un país pequeño, de pocos y cultivados habitantes, pero tiene una presencia muy fuerte en el festival donostiarra. Una segunda oportunidad, tras el melodrama familiar de Bille August, es la segunda aportación del país de Carl Theodor Dreyer y es un film negro en toda regla que gira en torno a…dos bebés. Esos dos personajes sin texto, pero que roban plano, es lo más exótico del film La segunda oportunidad. Cómo encajarlos en un thriller tiene su mérito. La película muestra a un bebé maltratado por una pareja de yonquis que no se ocupa en absoluto de él, muy entretenidos entre chute y chute, y otro que está criado entre algodones por el policía protagonista de la historia, que interpreta un guapo llamado Nikolaj  Coster-Waldau, y su bella y glamurosa esposa encarnada por Marie Bonnevie, los dos de diseño y pasarela. Susanne Bier, la prestigiosa directora que consiguió un Oscar por En un mundo mejor y rueda indistintamente en su país y en EE.UU, tiene dificultades para hacer creíble un guion que en alguno de sus tramos está cogido con pinzas—¿a qué esperan los servicios sociales para no retirar ese bebé meado y cagado y mal alimentado a sus padres yonquis? —pero sabe dar un giro sorprendente cuando ya casi estamos llegando al final. Y una coincidencia: la banda sonora es casi la misma que la de El silencio del corazón, la fotografía se le parece y hasta el paisaje, con lo que estuve a punto de levantarme e irme creyendo que me había equivocado de sala.

El cine se vive con intensidad en esta ciudad y yo me he paseado un buen montón de veces por la alfombra roja, de salida, que hay instalada en el cine Kursaal, la proa de un barco que mira al Cantábrico en la desembocadura del Urumea, y en el señorial teatro Victoria Eugenia. Los gritos histéricos de los fans me indican, mientras devoro a toda prisa un triste pincho de tortilla y trago ahogándome una caña de cerveza al mismo tiempo que redacto esta crónica urgente, que alguna estrella pasa a mis espaldas. Nada, ni caso. Mis estrellas brillan en las pantallas de estas salas oscuras en las que permanezco más tiempo que al aire libre, desarrollando aspecto de topo. Todo sea por el cine, pero este ritmo no lo aguanta más que yo, que en todo soy un obseso. Además, aquí no se viene a disfrutar del cine, más bien a sufrirlo desde un palco esquinado, o alargando mucho el cuello para sortear infinidad de cabezas, o peleando a brazo partido por los pocos asientos disponibles que una marabunta cinéfila copa. Esta ciudad, y eso es positivo, vive el cine en primera persona. El marco del festival es ideal. Pero uno puede morir por sobredosis. De momento no preciso de colirios, pero no sé si los necesitaré antes de llegar al final.

Variaciones sobre Casanova, una producción austriaca dirigida por Michael Sturminger, no deja de ser un ejercicio de narcisismo a mayor gloria de John Malkovich, al que ya hemos visto en la película de Diego Luna César Chávez. Utilizando recursos propios de la ópera filmada, cinematográficos y literarios, y metacinematográficos—el público que asiste al espectáculo en el teatro de la Opera de Lisboa compara la obra con Mamma mía de Abba, en uno de los sorprendentes gags humorísticos—, todo gira acerca de las memorias de este descomunal amante que fue Casanova, ironizando, de paso, sobre la propia personalidad del actor que lo interpreta—¿Es cierto, señor Malkovich lo que se dice en Internet de que es usted gay? —. La película es un ejercicio pirotécnico y algo redundante que se beneficia de una exquisita puesta en escena, eso es innegable, y sin duda fascinará a los fans absolutos del protagonista de Las amistades peligrosas, de la que también hay una referencia explícita, y de las óperas de Mozart. Va a la sección oficial pero es improbable que se haga con algún premio, salvo el de dirección artística. Me gusta el actor de El cielo protector, pero aquí carga y el film es una sobredosis.

La habitación azul

Cierra la agotadora jornada cine negro europeo made in Europa en la sección Perlas: La habitación azul, en la que ese pequeño gran actor francés Mathieu Amalric se pone delante y detrás de la cámara para adaptar un texto de George Simenon. La habitación azul, por el color de las paredes del cuarto de hotel en donde se citan los amantes adúlteros, habla de un crimen pasional pero es también una historia de amor enloquecido, el que siente la farmacéutica interpretada por Léa Drucker hacia su antiguo compañero de estudios interpretado por el protagonista de La Venus de las pieles. El film de Mathieu Amalric, que se decanta, como viene siendo moda últimamente, por la pantalla cuadrada, se inicia con unas tórridas y explícitas escenas de sexo para derivar luego hacia un cierto esquematismo al hilo de la investigación y proceso del que se sirve su director para hacer la narración exhaustiva de los acontecimientos. En algunos momentos uno tiene la sensación de estar ante un film de Claude Chabrol—la acción transcurre en una pequeña población de provincias y los protagonistas pertenecen a la clase media—, incluso por su frialdad expositiva que no acaba de casar con la pasión incendiaria desencadenante del drama. Al trasladar el eje narrativo a la investigación judicial, farragosa por sus tecnicismos y detalles que nada aportan a la trama criminal ni a la historia, la película pierde el fuelle inicial. Lástima.

Con el taxista que me devuelve al hotel hablamos del empacho de películas que es el festival, el entusiasmo que concita entre los donostiarras y los de fuera, los pinchos que me estoy perdiendo con tanto cine, lo poco euskalduna que es Álava y lo vasca que es el Valle de Aran. Sobrevivo y lo voy contando.

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