Festivales

62 Festival de San Sebastián: Crónica IV (Lunes 22 de septiembre)

posted by Jose Luis Muñoz 23 septiembre, 2014 0 comments
Jornada con muy poca sustancia

No me enteré de que ayer llegaba John Malkovich que puede irse del certamen con un premio bajo el brazo, porque no hay otro actor en las películas que he visto que le pueda hacer sombra en cuanto a recital de interpretación. Si me hubiera encontrado con él quizá le habría dicho que no me gustó ese ejercicio de egocentrismo que supuso verle ejerciendo de Giacomo Casanova, parafraseando a algunos espectadores que opinaban lo mismo de su papel como actor y cantante de ópera en Variaciones sobre Casanova.

Con un cruasán en la boca y el gustillo del café en el paladar me encuentro en el Teatro Victoria Eugenia con la primera aportación del cine alemán a la Sección Oficial que se llama Phoenix y viene firmada por Christian Petzold. Alemania, plena postguerra, y una superviviente judía de los campos de exterminio que ha perdido el rostro por las torturas nazis y le ponen otro; cuando quiere recuperar a Johnny, su antiguo marido, él no la reconocerá pero hará todo lo posible para que se transforme en su desaparecida esposa para recobrar una herencia. La película cae por lo rocambolesca de la historia, una puesta en escena gélida y los escasos recursos interpretativos de la pareja protagonista Nina Hoss y Ronald Zehrfeld, un actor  cuyo parecido con Ernest Hemingway es tan sorprendente como la de ella con cierta alcaldesa (todos tenemos nuestros dobles), entre los que no hay feeling posible. Tampoco la ambientación está muy conseguida. Me temo que saldrá del festival sin pena ni gloria. Phoenix, el nombre del bar en donde trabaja el protagonista Johannes, o Johnny,  aburre.

Aguas tranquilas

La poesía entra en el festival de la mano del cine nipón. Aguas tranquilas, presente en la sección Perlas, bien podría ser una película a competición. Rodada en una pequeña isla japonesa barrida por los tifones, la directora japonesa Naomi Kawase construye un film bellísimo que gira en torno a dos adolescentes enamorados que recorren las carreteras del lugar a lomos de bici y de los avatares de la vida, y la muerte, que encuentran en su camino. El muchacho vive mal las relaciones que tiene su madre con otros hombres y echa en falta a su padre, que vive en Tokio haciendo tatuajes; la chica tiene que asimilar la muerte anunciada de su joven madre. Naomi Kawase saca partido del paisaje y de sus fuerzas telúricas,  conmueve en alguna que otra secuencia, construye un relato apacible impregnado de filosofía zen y consigue que esos inocentes adolescentes se amen ante la cámara y buceen bajo el revuelto mar como una parte más de la naturaleza. Más que sobresaliente el film y producido, en parte, por un español: Lluis Miñarro.

In her place

Sigamos con el cine oriental, coreano para ser precisos. In her place, de Albert Shin, es un melodrama por todo lo alto. Una mujer casada, que quiere tener un bebé a toda costa, convive durante una temporada en una granja rural con la jovencísima, y pobrísima, madre de alquiler en la modesta vivienda mientras espera que nazca la criatura que se  ha comprometido comprar.  Lo que tiene que ser una vil transacción comercial, pues de eso estamos hablando, se complica cuando la joven muchacha se desespera porque su novio y padre biológico del hijo que espera la abandona. In her place es una película que crece solo en el último tercio pero bastante aburrida en los dos tercios restantes, hasta ese momento dramático que cierra el film. Crítica social—un noticiario habla, no por casualidad, de explotación empresarial aprovechándose del estado de necesidad de la población: la madre que tiene que vender su bebé—con sello coreano que pone en la diana a una sociedad en la que todo, hasta un niño que todavía no ha nacido, forma parte de las transacciones comerciales.

Negociador

Después de tantos días con dramas a cuestas (el drama sigue siendo el mío alimentado a base de cervezas, pinchos de tortilla y pasteles vascos) convendrán conmigo que un poco de humor viene bien. Dentro de la sección Zabaltegi Negociador, de Borja Cobeaga, enciende una sonrisa a medias. Hacer una comedia sobre un proceso negociador fracasado del gobierno de ZP con ETA no es tema para una comedia. Además Negociador pasa de la seriedad al desparrame en el mismo plano casi, y eso no funciona: o se ríe de los tipos de la txapela, la capucha y el tiro en la nuca, que a nadie causan risa, o se los toma muy en serio y convierte la película en drama sociopolítico. Ramón Barea interpreta a Juan Carlos Eguiguren, aunque aquí se llame Manu Aranguren, el socialista vasco que iba por libre y ha sido siempre el eterno negociador en la sombra con la banda terrorista, y Carlos Areces es el histérico e histórico de la banda Francisco Javier López Peña, alias Thierry, a quienes acompaña un reaparecido Oscar Ladoire. Risas pocas en una película mal armada pero que Borja Cobeaga puede hacer sin que le disparen un tiro en la nuca o le pongan una bomba en el cine, que ya es mucho. Cuando temas tan delicados como éste se pueden tratar bajo el prisma del humor es que ya forman parte de la historia, por fortuna.

La segunda película vasca, y en euskera, es Loreak, de Jon Garaño y José María Goenaga, que va a competición. Cuentan los directores con una historia mínima—Ane, una mujer casada e introvertida, empieza a recibir flores cada semana de un desconocido y deja de recibirlas en cuanto muere en accidente un compañero de trabajo—y un estilo depurado. La película quizá se alarga en exceso, pero ese relevo en el envío de las flores, al que se suma, finalmente, la mujer del trabajador fallecido, funciona. Loreak es cine intimista, poético, con una serie de planos cenitales que, al principio chocan, pero luego encajan. El trabajo de este tándem de directores vascos tiene mucho de misticismo y lleva mensaje implícito: No morimos mientras vivimos en la memoria de los seres que nos quisieron.

Están en el festival, y seguro que comen lubina salvaje, la que yo soñaba al venir a Donostia—como bañarme en La Concha, de ahí mi bañador en la maleta—el siempre simpático Antonio Banderas, promocionando esa pequeña pero imaginativa película de ciencia ficción, Autómata, que produce e interpreta, y Viggo Mortensen, pero el que esto escribe no los ha visto ni por las calles que mueren en el Bulevar comiendo pinchos o pasteles vascos. A punto de llegar, si no ha llegado ya, Orlando Bloom. Pero sigo sin ver a Natasha Kinski, o puede que me haya cruzado con ella y ya no sea la de Tess. San Sebastián es un festival de estrellas. Unos van a admirarlas en la calle, otros preferimos verlas actuando en la pantalla.

la desaparicion de Eleanor Rigby

La jornada no termina de una forma brillante, como era de prever. La desaparición de Eleanor Rigby se exhibe en la sección Perlas y es un melodrama romántico bastante convencional dirigido y escrito por Ned Benson (Nueva York, 1977). La película, larga (122 minutos), va descubriendo sus trampas a medida que avanza. De que Conor Ludlow (James McAvoy) y Eleanor Rigby (Jessica Chastain), los protagonistas, son marido y mujer nos enteramos de refilón. Eleanor es una mujer compleja y depresiva, a causa de una gran pérdida—información que se nos escamotea casi hasta la escena final—que decide desaparecer de la vida de su enamorado Conor que regenta con un colega un restaurante no muy boyante. Hay química entre Jessica Chastain y James McAvoy, que son buenos actores, pero lo que falta es historia: ocurren muy pocas cosas en esas algo más de dos horas para retener la atención del espectador. Suerte que por allí andan Isabelle Huppert, haciendo de francesa que bebe vino a todas horas, y William Hurt, como padres de la chica, y que este último se luce narrando el día que estuvo a punto de perder a su hija en el mar. Poca tensión, algunas perlas propias del Tea Party de por medio—Conor le confiesa a Eleanor, para chafarle la noche, que tuvo un desliz el día anterior con la camarera de su restaurante; Eleanor se arrepiente, en el último instante, de pagarle con la misma moneda con un guaperas que acaba de conocer en una discoteca—y la ciudad de Nueva York como telón de fondo, que eso siempre puntúa.

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