Festivales

62 Festival de San Sebastián: Crónica V (Martes 23 de septiembre)

posted by Jose Luis Muñoz 24 Septiembre, 2014 0 comments
Cine latinoamericano, un melodrama gay y un documental imprescindible

Limbo

Dinamarca está de nuevo presente en la sección Nuevos Directores con la película Limbo hablada en danés. La directora Anna Sofie Hartmann, jovencísima estudiante de la Escuela de Cine de Berlín, mete la cámara entre un grupo de jóvenes adolescentes—no son actores y se interpretan a sí mismos—de la escuela de Navskov, la suya, que estudian en un centro de la región que vive la de la agricultura industrial—inmensos campos de remolacha y una enorme fábrica de azúcar omnipresentes a lo largo del film a través de largos trávelings—. Sus cuitas, sus digresiones filosóficas, discusiones sobre los roles sexuales, cuestiones académicas, ensayos para una obra de teatro, etc., apuntes muy deslavazados porque deliberadamente no hay un guion previo, conforman el eje de esta película discursiva y con vocación documentalista que deja muchos puntos en el limbo. Una de las alumnas se declara a su profesora y no recibe respuesta por parte de ella; un grupo de chicas de la escuela sale de noche y probablemente mueren al caer su coche a una acequia, pero no se habla más de ellas; un friki absoluto está en clase pero como si no estuviera, pendiente solo de su móvil, sin recibir una sola advertencia de la profesora. Una película aparentemente sin historia, tan fría como esos campos congelados de remolacha por donde la cámara se explaya, muy poco, la verdad, para conformar una película medianamente interesante.  ¿Tiene cabida una película que parece un trabajo de fin de curso en un Festival como el de San Sebastián? Pues no sé, la verdad.

La chilena La voz en off de Cristián Jiménez (Valdivia, 1975) es una de las más agradables sorpresas del certamen. Va a la Sección Oficial y tiene posibilidades de llevarse algún premio si el jurado decide romper alguna lanza por el cine no autoral. La película es un retrato de familia realizado en un tono desenfadado y vitalista, y con grandes dosis de humor. Una familia que se quiebra por un padre que se toma un descanso para formalizar la ruptura con una mujer con la que ha vivido toda la vida; una hija vegetariana separada de un santón sij que trabaja en lo que sale y sube a dos críos pequeños; otra hija que es brillante profesora y está casada con un muchacho francés, que acaban de ser padres; una esposa aterrorizada si se formaliza la ruptura con ese esposo desaparecido, y una abuela entrañable componen ese núcleo familiar que disecciona el director chileno. Con un ritmo endiablado, montaje sincopado, interpretes en estado de gracia permanente y una voz en off, más bien diálogos en off que Cristián Jiménez sitúa fuera de su secuencia natural y consigue con ello un efecto de subrayado deseado, La voz en off psicoanaliza ese núcleo familiar con sus pros y contras y nos habla de las dificultades intrínsecas de ese modelo social mundialmente aceptado que es la familia. Radiante, además de bella, Ingrid Isensee en el papel de Sofía, la hija vegetariana, y a resaltar la frase lapidaria que lanza a su padre Manuel (Cristián Campos) cuando consigue, entre ella y su hermana, sacarle con calzador algunos secretos inconfesables: Te perdono, le dice. ¿Qué tienes que perdonarme?, le responde él que cree que censura algunas de sus actividades ocultas durante tantos años. Tu silencio.

Love is stange 

Love is strange, del director Ira Sachs, es un melodrama suave que se presenta en la sección Perlas del festival. Una entrañable pareja de gays, formada por un profesor de música (Alfred Molina) y un pintor (John Lithgow), decide contraer matrimonio tras 39 años de feliz convivencia; cuando el profesor de música es despedido por esa boda de la escuela católica en la que imparte clases, surgen los problemas y ambos se ven obligados a vivir en casas de amigos con las previsibles incomodidades. Una realización pausada, buenos diálogos, situaciones cómicas—A Alfred Molina lo acoge una pareja juerguista de policías gays que siempre están de fiesta—, una banda sonora mozartiana, y, sobre todo, unas interpretaciones espléndidas de Alfred Molina y John Lithgow conforman esta película que se deja ver muy bien.

Contrastando con lo anterior un documental terrible opta al premio Nuevos Directores y su título es muy ilustrativo: Hijos de Caín. El húngaro Marcell Gerö construye un documento escalofriante mezclando antiguas entrevistas de tres delincuentes juveniles condenados a penas de prisión por otros tantos asesinatos—el padre, un profesor y un compañero son las víctimas respectivas—y hablando con esos tres personajes sobre esos sucesos y sobre cómo les han afectado muchos años más tarde, cuando ya son personas adultas. Condenados a la marginación más absoluta el más afortunado malvive con una mujer y unos hijos en una infecta granja, otro es un vagabundo que tanto se refugia en un vagón abandonado como en una casa en ruinas con una mujer gitana para beber y el tercero, curiosamente el más lúcido y crítico, está recluido en una institución psiquiátrica. Un documental duro y de textura muy árida que dibuja un escenario sobrecogedor de la Hungría presente y sus bolsas de marginación. Como frase me quedo con la del delincuente reincidente e internando en un psiquiátrico, que tiene dos muertes sobre sus espaldas, sobre la actualidad del país: Conservamos lo peor del comunismo y adaptamos lo peor del capitalismo para que una minoría se lucre con nuestra desgracia. Lapidario.

 Aire libre

Aire libre, la representación oficial argentina, va a competición. El film de Anahí Bernerí gira en torno a la descomposición de un matrimonio, pero deja en el aire las claves de la crisis. Todo empieza cuando la protagonista (Celeste Cid) se empeña en vivir en una casa apartada, al aire libre, pero en estado ruinoso. Su marido (Leonardo Sbaraglia), mientras, apuesta por invertir el dinero en un bar nocturno. Quizá ahí esté la clave de sus crisis: la ausencia de un proyecto común. Uno y otra se distancian de forma progresiva e imparable y el caos que viven los personajes, adornado con continúas disputas, parece contagiar a un guion que tiene infinidad de vacíos, demasiados. La película parece hecha a trompicones y sin tener un hilo conductor claro más allá de esa pareja descomponiéndose ante los ojos del espectador. Pero hay alguna que otra secuencia que brilla en el conjunto y se nota que la directora tiene vigor pero quizá le falle el orden: Celeste Cid disfrazándose de puta y actuando como tal en un intento vano de amarrar a Leonardo Sbaraglia.

Al hilo de lo visto por San Sebastián hay mucha crisis de pareja suelta en el celuloide, muchos niños en casi todas las películas, incluso bebés, una considerable presencia de perros, algún rugido social y un sinfín de adolescentes conflictivos que se llevan a matar con sus progenitores. Pasa uno el mismo día de la frialdad de los nórdicos, con su contención de los sentimientos, a la expansiva vitalidad de los latinos que chillan mucho cuando interpretan. Nada que ver películas americanas con happy end y de otras nacionalidades cuyos finales dejan un sabor amargo en la boca. El cine, como siempre, refleja realidades cercanas, que reconocemos, o lejanas, que intentamos comprender.

La sal de la tierra

La última propuesta del día es un documental apasionante: La sal de la tierra, dirigido por Juliano Ribeiro Salgado y Wim Wenders. Sobre la trayectoria vital y, sobre todo, fotográfica, de Sebastião Salgado, puede que el fotógrafo más comprometido, viajamos por los cinco continentes de lo más espantoso de la condición humana—la devastación de Ruanda, que el fotógrafo brasileño testimonió—a los lugares más vírgenes del planeta. Al final de ese recorrido por la humanidad y la naturaleza queda un resquicio para la esperanza, como nos dice el propio fotógrafo que ha viajado por el corazón de las tinieblas.

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