Festivales

62 Festival de San Sebastián: Crónica VI (Miércoles 24 de septiembre)

posted by Jose Luis Muñoz 25 Septiembre, 2014 0 comments
Melodrama amoroso canadiense, película francesa con sabor cubano y la odisea de un Dj

El día amanece totalmente desapacible, lo que me alegra: así descarto lo del baño en La Concha, que bordeé ayer en una bicicleta alquilada, al anochecer, de regreso al hotel. Hoy la jornada promete ser menos estresante, me dejará hasta algún hueco para comer de forma convencional, algo que va a agradecer mi cuerpo que no sólo vive de cine. Así es que emprendo esta nueva jornada maratoniana del festival pero, he de decirlo, con un poso de cierta decepción a medida que pasan los días y se desvanecen las expectativas suscitadas con las primeras proyecciones: hay pocas películas que me sorprendan, que me maravillen. Cito, de memoria, cuatro que pueden entrar en esa categoría: la japonesa Aguas tranquilas, la española La isla mínima, la norteamericana La entrega y la canadiense Mommy.

Felix y Miera

Canadá va a competición con Félix y Meira, una curiosa película de Maxime Giroux hablada en francés, inglés y yiddish. Esta historia de amores contenidos, y subrayo lo de contenidos, entre Félix (Martin Dubreil), un judío laico heredero de la fortuna de su padre con quien siempre tuvo una relación tensa y acaba de morir, y Meira (Hadas Yaron), una judía jasídica casada y con un hijo pequeño, está bien contada pero no despierta pasiones, quizá porque esa es la intención de su director. Todo es lento y pausado en este film en el que esa joven mujer, asfixiada por los rígidos ritos ultraortodoxos de su religión que no la dejan respirar—tiene prohibida escuchar determinada música; no puede mirar a los hombres a los ojos; debe vestir con absoluto recato y de su vestimenta quedan excluidos, por indecorosos, los tejanos—, decide romper con su pasado y emprender nueva vida con Félix, un hombre al que apenas conoce. Hay alguna secuencia buena, como la del primer encuentro entre los dos amantes en un hotel en la que él empieza por acariciar el pelo de ella, una de las partes tabú de su cuerpo que lleva doblemente oculta por un pañuelo y una peluca; recreación de rituales hebraicos de esa comunidad jasídica que tienen un interés antropológico—el marido se lava siempre las manos antes de alzarse de la cama y en ningún momento roza a su esposa—y una bella escena nocturna en la que Meira pasea por las calles nevadas de Toronto acompañada por una canción de Leonard Cohen, otro judío laico y canadiense. Pero también hay alguna que bordea el ridículo: Félix se disfraza de ultraortodoxo para acercarse a Meira. A la salida un grupo propalestino protestaba por la proyección de  Félix y Meira y pedía el boicot a Israel, país que no envía ninguna película a competición, dicho sea de paso.

Regreso a Itaca

Regreso a Ítaca es una película mestiza; su realizador Laurent Cantet es francés pero su alma es cien por cien cubana y no es la primera incursión que el cineasta hace en la isla (7 días en La Habana). Un escenario mínimo, una terrado en la Habana Vieja con vistas al Malecón, y un grupo de actores excelentes para pergeñar un drama coral completamente dialogado en el que cada uno de esos amigos, cuatro hombres, uno de ellos que regresa de España para quedarse de nuevo en la isla, y una mujer, habla de sus victorias y fracasos, de las rencillas que los separaron, de cómo sortearon  las dificultades de vivir en la isla en el período especial, de sus sueños revolucionarios traicionados, y todo ello entre copas, platos de fríjoles y humo de cigarrillos, a través de gritos, llantos, abrazos y pocos silencios, porque el cubano cuando se pone a platicar, como dicen ellos, no hay quien le pare. Laurent Cantet cuenta con un guion sin fisuras, en el que se implica el escritor cubano de novela negra Leonardo Padura, que hace avanzar dramáticamente sin desmayo en esa larga noche cubana y, sobre todo, un grupo de actores extraordinarios sin los que la película no saldría adelante: Jorge Perugorría, Isabel Santos, Fernando Hechavarría, Néstor Jiménez y Pedro Julio Díaz Ferrán son creíbles y tremendamente humanos, sus diálogos, naturales, están llenos de matices. Regreso a Ítaca es un homenaje a la forma de ser cubana y a un pueblo, el cubano, modélico y único en la faz de la tierra, que seduce con su especial idiosincrasia al director francés y a quienes conocen la isla.

Hoy como. El restaurante Oquendo está al lado del cine Victoria Eugenia. Las fotos de todas las estrellas que han pasado por el local adornan las paredes de este local cálido. Arroz cremoso con boletus, chicharro a la plancha, brownie con helado y vino blanco, toda una botella para mí que dejo por la mitad, mientras contemplo una foto del desaparecido Alfredo Landa, siempre campechano. Por fin, me digo, me siento a comer como Dios manda. Sacrifico una sesión de cine que no me interesa especialmente—La paradoja de John Malkovich, porque ya me empieza a agobiar esa adoración por el actor norteamericano que tienen algunos y es como una epidemia—por una buena y tranquila comida en un restaurante extraordinariamente concurrido en el que la amable dueña encuentra una mesa para este tipo solitario que hace días deambula por San Sebastián.

Eden mia hansen love

Edén de Mia Hansen-Love (París, 1981), directora de Après mure réflexion, Todo está perdonado, El padre de mis hijos y Un amor de juventud, encabeza las sesiones de tarde, representa a Francia en la Sección Oficial y es un film que sorprende bajo su aparente superficialidad: dice bastantes cosas entre el estruendo de su banda sonora. La historia de Paul (Félix De Givry), un DJ que vive a costa de su madre y sacrifica sus múltiples relaciones sentimentales por  su profesión, viene a ser un film de tesis acerca de que la soledad es el precio que se paga por la libertad. Con música techno y house a mansalva, que hará las delicias de sus seguidores, e incontables sesiones de rave, una forma de colocarse no muy diferente de la de los derviches giróvagos, Mian Hansen-Love construye una fábula moral sobre la progresiva soledad de ese DJ adicto a su trabajo y a la cocaína, que es el sumidero por el que van todas sus cuantiosas ganancias. Mientras las mujeres que pasan por su vida acabarán estableciéndose, teniendo pareja e hijos, construyéndose un futuro de felicidad y seguridad, él permanecerá aferrado a su obsesión por la música y a una libertad que le sumirá en la soledad más absoluta: no parece ser un buen camino ni un buen destino, viene a decir la película. El Edén del DJ Paul deja mucho que desear.

Con el sello canadiense, pero con un equipo totalmente noruego y rodado en ese país, Violento es un trabajo académico, en el sentido literal de la palabra, de su jovencísimo realizador Andrew Huculiak, responsable con su hermano también del guion. Película que gira alrededor  de una adolescente que pulula sin ton ni son por un lago noruego, en el que se baña vestida sin razón aparente, trabaja en una ferretería de una pequeña población con un amo friki total, ayuda a otro friki, que sólo habla inglés, a organizar una fiesta, tontea con un chico que pinta cuadros y paredes y acaba refugiándose en casa de su abuelo. Pretendidamente trascendental, caótica, con bastantes minutos perfectamente prescindibles y subrayados musicales continuos, Violento no es una película en sí misma sino una serie de material rodado y empalmado sin mucho sentido. 104 minutos para no decir prácticamente nada. El film adolece de un defecto común que se aprecia en muchos largometrajes presentes en el festival de San Sebastián: ausencia de historia. Y sin guion, salvo excepciones, no hay película.Magical girl fotograma

A la sección oficial, en donde hay un exceso de películas nacionales, nada menos que seis entre veinticinco, va también Magical girl. En su segundo largometraje Carlos Vermut (Madrid, 1980) mantiene su vocación por el  cine autoral pero le pesa su excesiva hibridación. Un guión rocambolesco y absolutamente irracional—para colmar el capricho de su hija leucémica de 12 años Alicia (Lucía Pollán), obsesionada por un caro disfraz del comic japonés Magical Girl Yukiko, su padre Luis (Luis Bermejo) someterá a un brutal chantaje económico a Bárbara (Bárbara Lenne), una joven perturbada que se cruza en su camino y siente la necesidad imperiosa de acostarse con él. Damián (José Sacristán), un maestro recién salido de la cárcel que dio clases a la joven Bárbara, tomará cartas en el asunto—le sirve al director de Diamond Flash para apuntalar su excéntrica película que bebe mucho del teatro del absurdo y el universo del cómic con el que el director ha estado muy familiarizado profesionalmente antes de saltar al cine. No es la mejor película española vista por el momento, la verdad. Sigo apostando por La isla mínima, consciente de que no ganará por eso de que premiar al cine de género en un festival no es cool, y mucho me temo que Variaciones sobre Casanova sea una de las que seduzcan al jurado.

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