Festivales

62 Festival de San Sebastián: Crónica VII (Jueves 25 de septiembre)

posted by Jose Luis Muñoz 26 septiembre, 2014 0 comments
Páginas vergonzosas de nuestra historia, una hilarante muestra de humor negro, gore coreano de calidad y un paseo por los sótanos austriacos

 Banda de chicas

Más adolescentes inadaptados y violentos. Una plaga si atendemos la cantidad de películas que tratan el tema presentes en el Festival. Bande de filles, que se proyecta en la sección Perlas, es desoladora y no porque sea una película especialmente dura a nivel visual. Una chica negra maltratada en su casa por su hermano mayor, que asume el rol de padre, habitante del inhóspito banlieue, decide unirse a una banda de chicas de su mismo color, unas chonis poligoneras de ascendencia africana, que se dedican a pelearse con otras bandas y a pequeños hurtos cuando por su mal expediente académico se le cierran las puertas para seguir con sus estudios. Celine Sciamma (Pontoise, 1980) retrata ese grupo salvaje femenino con sumo cariño—las chicas, además de encanto, derrochan simpatía y comunican bien—pero no le da ninguna esperanza de rehabilitación. Lejos de reivindicar un cambio social o buscar un culpable a su situación, esas muchachas marginales lo único que buscan es ropa cara, maquillaje, alojarse en lujosos hoteles con las ganancias de lo que roban y tener un chico que las proteja: unas jóvenes airadas de lo más convencionales. Banda de chicas es un retrato de esos suburbios infectos, colmenas de inmigrantes recluidos en guetos perfectamente separados que, de cuando en cuando, crean problemas e incendian las periferias de las grandes ciudades en estallidos de rabia incontrolados. Un grave problema de integración sociocultural que tiene Francia en sus entrañas.

Lasa y Zabala

Ayer, cuando paseaba con la bicicleta alquilada por la ciudad y vi un autobús que iba a Intxaurrondo pensé en la película que iba a ver hoy. Lasa y Zabala es de esas películas que golpean por la dureza insoportable de algunas de sus escenas que recuerdan a las de El crimen de Cuenca de Pilar Miró. Proyectada fuera de competición, hablada en vasco y dirigida con academicismo por Pablo Malo, la recreación del secuestro, tortura y asesinato de los dos militantes abertzales secuestrados por el GAL en Bayona, y el posterior juicio para esclarecer los hechos, estremece. Con los mimbres del cine negro y de denuncia social y política, el director pone el dedo en la llaga sobre la brutalidad e impunidad con que actúan las cloacas del estado que se saltan las leyes que deben defender. Todo aquello que se retrata en la película sucedió en un periodo vergonzoso de nuestra democracia, cuando el gobierno de Felipe González autorizó operaciones ilegales y criminales al general Galindo, comandante del siniestro cuartel de Intxaurrondo. En sus investigaciones Baltasar Garzón se quedó a dos pasos de despejar la X del organigrama criminal que apuntaba al mismísimo presidente del gobierno. Rafael Vera y José Barrionuevo pagaron por él. No se depuraron todas las responsabilidades y los sentenciados por esos brutales asesinatos no cumplieron ni la décima parte de sus condenas: una vergüenza. Pero Lasa y Zabala, la película, no puede huir del maniqueísmo, o no quiere, y se posiciona con claridad a un lado del conflicto vasco: presenta a los etarras como unos angelitos, incluso físicamente, y a los guardias civiles como unos repugnantes sicarios sanguinarios. Repugnantes sicarios los hubo en ambas lados, pero en el parte de bajas inocentes ETA ganó por goleada, lo que no exonera la guerra sucia, sino todo lo contrario. Recomiendo a su director Pablo Malo que envíe una copia de la película al expresidente del gobierno Felipe González que seguro se lo agradecerá.

Relatos salvajes

Pedro Almodóvar llegó esta vez al festival en condición de productor. Relatos salvajes, una coproducción entre Argentina y España, que produce El Deseo, es otra de las agradables sorpresas del certamen de la sección Perlas. Dirigida por Damián Szifrón (Buenos Aires, 1975) es un film de sketchs que giran en torno a situaciones en las que los personajes literalmente explotan por la tensión acumulada en una situación o por la insoportable burocracia que trata al ciudadano como una mierda y no le da otra opción que ésa, la explosión en el sentido más literal de la palabra. El humor negro impregna esos cinco relatos salvajes. Hay dos que sencillamente son geniales: el del avión  cuyos pasajeros están relacionados entre sí porque todos conocen a un tal Pasternak que resulta ser su piloto, y el de los dos automovilistas que se pican en una desierta carretera, destrozan sus coches y se destrozan luego ellos. Los otros tres son algo más flojos, especialmente el último, el de la boda. Leonardo Sbaraglia protagoniza dos de los episodios y está magnífico; Ricardo Darín—el ingeniero Bombita, azote de burócratas municipales— y Dario Grandineti, los otros dos. Hilarante y brillante, Relatos salvajes es sin duda la mejor comedia del certamen.

Repetí en el Oquendo, porque no llegaba a una película que proyectaban a las 13:30, y no pude resistirme a pedir unas pochas con chorizo y una merluza a la vasca. Entre plato y plato iba escribiendo en mi ordenador la crónica de la jornada bajo la mirada atenta de un Sean Penn bastante joven y melenudo colgado de la pared. La dueña, esta vez, me tomó por yanqui y me habló en inglés. Le dije que podía hacerlo en castellano.

Haemu

Para ir a los multicines Antiguo Berri he de pedalear de lo lindo siguiendo el paseo de la Concha y cruzando un túnel. Pero el esfuerzo queda recompensado. La coreana Haemu, que se proyecta en tres salas de esas apartadas salas, va a la competición oficial y se lleva la palma en cuanto a violencia explícita junto con Lasa y Zabala. Pero es una muy buena película que mantiene una tensión creciente y la sangre está justificada. Por la crisis que nos golpea a todos a lo largo y ancho de este mundo, un capitán ve peligrar el futuro de su pequeño y viejo barco de pesca; pero hay otros negocios más lucrativos que la obsoleta pesca de arrastre. Con el objeto de salvar el barco y el futuro de su tripulación acepta transportar inmigrantes chinos que debe recoger en alta mar. Cuando tenga que ocultar la carga humana en las bodegas del barco empiezan los problemas. Shim Sung Bo construye esta tensa película y narra muy bien el proceso por el que unos pacíficos marineros, en un momento dado, se convierten en feroces carniceros. Haemu habla de la bestia que llevamos todos dentro y aflora en situaciones extremas. En medio de esa travesía infernal una historia de amor convierte al más joven de la tripulación en héroe. Hay buenos efectos especiales, violencia efectiva algo gore, una excelente fotografía y perfecto dibujo de personajes. La terrorífica película coreana es también, bajo mi punto de vista, una de las favoritas.

Letonia está presente en la sección Nuevos Directores con Modris, una película basada en hechos reales escrita y dirigida por Juris Kursietis que ha estado en el festival para presentarla junto a su jovencísimo actor amateur Kristers Piksa, y de nuevo nos encontramos con un adolescente con problemas, éste adicto a las máquinas de juego,  al que ni aguanta ni controla su madre que opta por denunciarle cuando le roba el calefactor para que vaya a la cárcel y allí lo metan en vereda. Personajes bien trazados, sobre todo el de ese adolescente cuyos problemas pueden venir de la ausencia del padre, y ambientes literalmente gélidos—paisajes urbanos desoladores y helados—conforman este drama familiar cuyo final sorprende.

En el sótano

El provocador realizador austriaco Ulrich Seidl, el de la trilogía Paraíso, presenta En el sótano, un viaje a los sótanos de otras tantas familias austriacas y lo que en ellos se esconde. Con un sentido corrosivo del humor y acudiendo a lo grotesco y a la estética de lo feo en lo físico—hombres gordos y peludos; mujeres obesas—que parece ser ya marca de la casa, Ulrich Seidl hace desfilar ante los atónitos ojos de los espectadores a un aficionado a la ópera que ha convertido su sótano en un campo de tiro al que invita a disparar a sus amigos; un admirador de Adolf Hitler dipsómano cuyo sótano está decorado con fotos y retratos del führer, uniformes nazis y dagas de las SS y toca el trombón en una banda de música; una mujer madura que juega con bebés de juguete hiperrealistas que mantiene en cajas; una ama dominante que hace ir a su esclavo siempre desnudo por su casa y explica los crueles juegos a los que lo somete; una mujer masoquista feroz detractora del maltrato de género mientras recibe una tanda de azotes de su sádica pareja, tumbada sobre un potro de tortura; un adicto a la prostitución que explica que muchas veces las putas deciden no cobrarle por la presión de sus copiosas eyaculaciones; un cazador que tiene las paredes de su sótano decoradas con las cabezas de todos los animales que ha abatido a lo largo de sus safaris en África. Con todos estos frikis, que miran y hablan a la cámara con una naturalidad pasmosa y sin el más mínimo atisbo del sentido del ridículo, Ulrich Seidl, que amenaza remover de su trono de enfant terrible a Lars Von Trier, ofrece un retrato vitriólico de su país.

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