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También la lluvia – Iciar Bollaín

posted by Jose Luis Muñoz 19 marzo, 2011 0 comments

Puede que la mayor virtud de la emotiva película de Iciar Bollaín que se fue, injustamente, bastante de vacío en la ceremonia de los Goya pese a ser, según mi opinión, infinitamente mejor que la ganadora, esté en su complejo guión de Paul Laverty. Porque el guionista habitual de los films de Ken Loach imprime un aire social y combativo a todo el film que alcanza momentos de intensa emoción cuando vemos que la historia se repite quinientos años después y todo sigue igual.

Un equipo de españoles se traslada a Cochabamba, Bolivia, para rodar una película épica sobre los desmanes de Cristóbal Colón y los conquistadores en tierras americanas. Paralelamente, en la ciudad andina, tienen lugar una serie de históricas revueltas de los indígenas, la llamada Guerra del Agua, en la que se implican activamente buena parte de los extras de la película con el consecuente perjuicio para su filmación. El progresismo teórico de quiénes hacen la película, muy crítica con el papel de España en el continente, se confronta con la calle, con la realidad, y surgen las contradicciones: estar con los insurrectos es cosa del corazón, pero la cabeza va en otra dirección. El productor, director y los actores españoles, que apoyan la revuelta en su interior, la rechazan porque perjudica la buena marcha del proyecto cinematográfico y tratan de no implicarse en ella. Finalmente será imposible no tomar partido y algunos lo hacen mientras la mayoría opta por huir.

Hay en la película de Iciar Bollaín tres planos narrativos que constantemente se van cruzando y lo hacen con la suficiente habilidad para que el entramado no resulte forzado. El rodaje de la película, su ficción dentro de la ficción, tiene momentos tensos como cuando los colonizadores amputan las manos de los indígenas que no les consiguen oro, o cuando unas mujeres se niegan a simular el ahogamiento de sus hijos porque ni en cine son capaces de hacerlo; las discusiones constantes dentro del equipo de rodaje, en las que la ideología choca contra el pragmatismo, da lugar a algunos de los momentos más lúcidos  como cuando actores, productor y director son invitados por la municipalidad y contemplan, desde las ventanas del ayuntamiento, la violenta represión de las manifestaciones que toman Cochabamba con sus reivindicaciones; y curiosamente falla en la parte que debería ser más vibrante y emotiva, cuando el productor, encarnado por Luis Tosar, se implica en la lucha, por razones emocionales, olvidándose de su propia película.

Pese a  las buenas intenciones de su directora, y la solidez de su guión, la película de Bollaín no acaba de alcanzar todas sus objetivos quizá por fallos en la dirección de sus actores, porque ni Tosar como el productor Costa que no se sabe bien cómo cae del caballo y ve la luz, ni Gael García Bernal, en su papel de director Sebastián, bastante irrelevante, ni el boliviano Juan Carlos Aduviri, en su doble papel de Daniel, vecino combativo, y Hetuy, líder indígena que se enfrenta a los españoles quinientos años atrás, están convincentes; sólo se salva, con nota, Karra Elejalde, tan magistral cuando interpreta al cínico Antón como cuando es el despótico Colón.  

Ficción y realidad se dan la réplica en esta película de cine dentro del cine que tiene algunos de sus momentos más brillantes desde el punto de vista ideológico cuando el actor que interpreta al combativo Padre Bartolomé de Las Casas en la ficción huye del escenario de la revuelta traicionando a su personaje de ficción.

Han pasado quinientos años del llamado Descubrimiento y todavía nos seguimos preguntando sobre la ética del mismo y arrastrando un complejo de culpa que no tienen otros pueblos colonizadores menos escrupulosos con su pasado. Y de eso va también el film de Bollaín, de nuestra mala conciencia, la que tiene Costa, su protagonista.

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