Hamlet a lomos de cuero

El final de su primera temporada era un pequeño presagio del drama de dimensiones shakesperianas que estallaría en la segunda temporada de Sons of Anarchy. La lucha fraticida entre Jay y Clax se ha despegado con escarnio a lo largo de esta temporada. En gran parte de ella asistimos al distanciamiento, a las dudas de lealtad y a la lucha interna por hacerse con el poder de la banda (mostrando de forma evidente la conexiones con Hamlet), hasta el punto de poner en peligro la supervivencia de la tribu motera que se está resquebrajando desde dentro y por fuera.
En otro plano, alejado del de las primarias del PSOE en Madrid, encontramos también el crudo enfrentamiento de los Sons con el nuevo líder ario (Ethan Zobelle) instalado en Charming con el propósito de apoderarse poco a poco de todas las esferas de poder que rigen el pueblo, y para ello, su objetivo es acabar con los Sons of anarchy dejando a un lado sus principios neonazi. Una de las primeras acciones que decide emprender caerá en las carnes de Gemma, y eso tendrá unas consecuencias terribles unos capítulos más adelante, cuando Gemma descubra (como última opción para salvar la debacle interna de la familia) que fue víctima del grupo de Zobelle.
Sin embargo, a diferencia de lo que cabría esperar de estas fuertes dos fuertes líneas narrativas por los que circulan los moteros de esta serie, algo extraño me ha pasado en su segunda temporada. Y déjenme que me explique con mayor claridad. El producto es el mismo, los personajes también (sus arcos dramáticos están más evolucionados), la violencia con que solucionan sus rencillas, los entresijos con la policía, todo se parece, y puede que este sea el problema. El caso es que en esta segunda temporada uno ha perdido cierta adicción a esta droga de moteros de baja estirpe. Ni su comportamiento parece ser tan aturdidor, ni sus cazadoras tan auténticas, ni sus machetes tan amenazadoras, ni sus motos dejan su marca en todo el asfalto. Algo ha sucedido cuando he perdido cierta fe en estos personajes, no en sus motivaciones, que siguen intactas, pero si en su grado de credibilidad. Sobre todo por Charlie Hunnam en el papel de Jax Teller. Si en la primera temporada este guaperas con pinta de haber pasado su adolescencia en Seattle me la jugó bien, en esta no ha sucedido así. Ni por llevar la cabeza alta, ni por hacer un par de gañotas furiosas en un par de momento se va a convertir en un malote creíble. A su favor diré que al menos consiguió dejar mi garganta en un aprieto con el magistral grito de desesperación e impotencia que se saca al final de la temporada.
Pero también ha sorprendido el cambio de roles. Gemma Teller era una de las bitches más enormes que había dado nunca la pequeña pantalla. Para proteger a su clan, era capaz de vender a su propia madre. Sin embargo en estos doce capítulos hemos visto a una Gemma más protectora, más calmada, que queda completamente justificado con la estremecedora barbaridad de la que es victima, pero aún así, descoloca. Y por último Tara, un personaje raro, incómodo, en el que el espectador se podía ver reflejado como único estandarte de la moral, de lo correcto, y de tener un pie en la sensatez a pesar de vivir con una banda de salvajes, pero eso, ya no ha sido así en esta temporada, Tara se está endureciendo también. La influencia de los Sons se desborda como los tatuajes que pueblan las carnes de sus miembros.
En cualquier caso, esta banda sigue haciendo rugir sus motores, creen vivir en la ley del salvaje oeste, y siguen empleando una violencia hiper cruda. Sin embargo su rugido ya no altera tanto las costumbres del telespectador, como ya he dicho, no sabría muy bien explicar las razones, y más con el genial capítulo final con el que concluyen (un magistral ejemplo de lo que debe ser un clímax prolongado con sorpresa por el medio) pero tengo la sensación que la marca en el asfalto de estos moteros ha perdido intensidad, la novedad ya no ejerce su peso.
PD: Este martes se inicia su tercera temporada.


