Recoger un solo momento sublime en Shenmue es como querer visitar el Metropolitan de Nueva York en un par de horas: imposible. La obra de Suzuki está repleta de momentos antológicos que la convierten en maestra, y cuya consecuencia más evidente se aprecia en la posición que ocupa en esta lista de los mejores videojuegos de la década.

Resulta dramático decidirse por una de esas experiencias con las que te marcaba este videojuego. Podríamos habernos fijado en ese precioso paseo en moto con Nozomi con sus manos temblorosas  sujetas a nuestro cuerpo, y con esa hermosa balada de fondo (sin duda un capítulo próximo de momentos sublimes). O que me dicen de esa llegada al salón recreativo de Dobuita, donde nos trasladábamos directamente al paraíso del retro gamer con juegazos de la talla de Space Harriers, Hang On, o el clásico Out Run. Allí las horas y las tardes,  reales y/o virtuales, enrollados a nuestro mando, pasaban sin poder percibirlo. Y quién no recuerda  esa enorme sacudida en el esófago que provocaba la luchas contra más de 100 hombre de la banda de los Mad Angels, donde debíamos desplegar en Free Battles todo lo aprendido durante la aventura. O quizás para los que se engancharon a esa moda (por suerte) pasajera de los tamagotchi encontraron su mayor placer cuando debíamos hacernos cargo de un pequeño gatito en las inmediaciones de nuestra hogar, dulce hogar.

Pero de entre todos ellos, y con enorme dificultad, creo que el momento más álgido de este título, ese que provocó que mi aspecto se asemejará al de Blanka, fue una mañana fría de invierno, cuando yo, o sea, Ryo se dirigió puntual, una mañana más, al Harbor de New Yokosuka para ir al trabajo. La sorpresa se convirtió en éxtasis cuando, a diferencia de la rutina matutina de esos días, me fui dando cuenta que todos esos compañeros de curro subidos a los Forklift no me esperaban para seguir con la rutina de transportar cajas, sino que estaban allí para batirse en una apasionante e inolvidable carrera a través de los rincones del puerto. Fueron cinco días mágicos, en la que por primera vez, y última, lo que uno más deseba en el mundo era ir a trabajar. Cinco días gloriosos en los que fui escalando posiciones en estas batalladas carreras, hasta alcanzar lo más alto del podio. Justo cuando había alcanzado la gloria, y ansiaba más mi vida virtual que la real, los sucesos se precipitaron. Pero esa es otra historia. Otra de las grandes historias que contar sobre este prodigio del píxel.

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